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Trump o la imprevisibilidad económica

Si algo tiene la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de este pasado martes es que abre las puertas a lo imprevisible: el magnate neoyorquino no sólo ha destilado un lenguaje nacionalista, xenófobo y mercantilista durante toda la campaña electoral, sino que ha efectuado promesas completamente contradictorias y en gran medida irrealizables. Por tanto, entramos en un territorio desconocido donde habrá que atender a partir de ahora al detalle de cada una de las decisiones que adopte el nuevo presidente estadounidense para poder evaluar sus previsibles consecuencias. Sin embargo, sí podemos avanzar dos grandes líneas de actuación a tenor de lo que más firmemente ha sostenido en campaña y de su primera alocución pública tras ganar los comicios.

La primera es un muy considerable incremento de la deuda pública: Trump ha prometido una de las mayores rebajas impositivas desde los tiempos de Ronald Reagan (reducción del Impuesto sobre Sociedades al 15% y recorte del IRPF desde los siete tipos actuales a solo tres). La idea, en principio, suena fantásticamente: cuanto más bajos sean los impuestos, mayor será la creación de riqueza y el crecimiento económico del sector privado. Mas para que esta propuesta sea verdaderamente sostenible en el tiempo, resulta necesario acompañarla de una intensa reducción del gasto público que Trump no ha prometido. Más bien al contrario, ha prometido aumentar notablemente el gasto público en tres direcciones: militar (reforzar las dotaciones del ejército estadounidense), transferencias sociales (en especial a los veteranos de guerra) e inversión en infraestructuras. Al final, las cuentas no salen por ningún lado: minoración de la recaudación en más de cuatro billones de dólares e incremento de los desembolsos estatales en, al menos, más de un billón de dólares durante la próxima década.

Acaso muchos partidarios de Trump confiaran en que el republicano no cumpliera con sus promesas electorales en materia de gasto: pero su primer discurso tras la victoria electoral lo ha centrado en recalcar su intención de desplegar un ambicioso plan de infraestructuras que “dará empleo a millones de estadounidenses”, así como un programa de transferencias sociales a veteranos. Es decir, Trump sigue empeñado en incrementar el gasto según se comprometió en campaña y, dado que no parece que vaya a apearse de su proyecto de bajar impuestos (ampliamente respaldado por el Congreso republicano), necesariamente recurrirá al endeudamiento público para sostener su presidencia.

La segunda gran línea de actuación de Trump es el rearme proteccionista. Probablemente éste haya sido el hilo conductor de todo su discurso económico durante la campaña electoral: levantar barreras —migratorias y comerciales— a la globalización para anteponer los intereses de EEUU —de lo que él considera que son los EEUU— a los del resto de ciudadanos del planeta. El republicano propone renegociar los principales tratados de libre comercio (muy en especial, el NAFTA, el acuerdo con Canadá y México) y poner fin a aquellos que están pendientes de ser suscritos (por ejemplo, el TTIP que lo vincularía con la Unión Europea). En general, no puede afirmarse que tales tratados contribuyeran netamente a impulsar una genuina liberalización comercial: en muchos casos, simplemente establecen nuevas regulaciones-marco para los países implicados que pueden llegar a restringir la libertad empresarial más que antes de su firma. La verdadera liberalización comercial no requiere de tratados de libre comercio, sino de desarmes arancelarios y regulatorios por parte de nuestros Estados.

Desgraciadamente, Trump no ha cargado contra estos más que discutibles acuerdos comerciales porque pretenda ofrecer una alternativa mejor, sino porque le resultan demasiado liberalizadores. Su obsesión es que el libre comercio sólo resulta admisible entre países que se hallen en igualdad de condiciones (por ejemplo, mismo coste salarial): y como no hay en el mundo otras economías que puedan colocarse en pie de igualdad con la principal potencia mundial, parece que eso implica que EEUU no comerciará libremente con nadie. Y éste sí es un problema muy serio —incluso más que el del endeudamiento público—: no ya por las repercusiones que puedan acarrear sobre los EEUU, sino por cómo puede contribuir a un retroceso internacional de la globalización. Si ha habido algún hecho diferencial entre la actual crisis económica y la Gran Depresión de los años 30, ése ha sido que en los últimos años Occidente no apostó por el repliegue proteccionista. Si a partir de ahora se produjera un cambio de rumbo radical, las consecuencias serían verdaderamente nefastas para todos.

En definitiva, Trump inaugura una presidencia del todo imprevisible, como lo es el propio personaje. Algunas de sus ideas (menores impuestos) pueden tener en aislado algún sentido, pero en todo caso resultan incoherentes y peligrosas cuando se las inserta dentro de un programa más general. Los próximos meses, y años, dirán con qué republicano tendremos que capear. Por desgracia, jugar a la ruleta rusa no suele acabar bien.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.