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Mercantilismo

El eje económico de la campaña de Donald Trump ha sido su nacionalismo: primero los estadounidenses y después el resto del mundo. Una vieja concepción de la sociedad, conocida como mercantilismo, que por fortuna había sido enterrada por el liberalismo a mediados del siglo XIX, que rebrotó con fuerza durante la Gran Depresión de los años 30, y que volvió a ser sepultada —aunque esta vez por la socialdemocracia internacionalista— una vez concluida la II Guerra Mundial. El mercantilismo es el reverso de la globalización: en lugar de avanzar hacia un mercado mundial e integrado, donde cada persona o empresa se especializa en desarrollar sus ventajas competitivas tan ampliamente como le resulta posible, el mercantilismo pretende encapsular económicamente a las sociedades en su cerrado y diminuto ecosistema nacional(ista). Su perspectiva es que el interés particular debe quedar sometido al interés nacional —ni siquiera al interés general, pues los intereses de los extranjeros no son de su incumbencia—, de modo que si un consumidor o empresario aspira a satisfacer alguna de sus necesidades, deberá hacerlo preferentemente a través de un productor nacional antes que encomendándose a uno extranjero, aun cuando el nacional produzca bienes y servicios mucho más caros y de mucha peor calidad. Bastará, para ello, que el Estado establezca unos gigantescos aranceles a la importación que limiten el acceso al mercado nacional entre las compañías foráneas.

Por esa vía, aquellos trabajadores o empresarios que generen eficientemente un enorme valor añadido —y que, en consecuencia, sí sean capaces de competir en los mercados globales— se verán parasitados por aquellos otros individuos que hayan dejado de generarlo y que se nieguen a reinventarse económicamente: estos últimos podrán continuar vendiendo su caduca mercancía estropeada dentro de las fronteras patrias merced a la protección arancelaria frente a la competencia global. Mientras que la socialdemocracia dice aspirar a que un puñado de ricos sean parasitados por millones de ciudadanos (redistribución de la renta de arriba abajo), el mercantilismo aspira ciertamente a que millones de ciudadanos sean parasitados por un puñado de antiguos ricos incapaces de readaptarse al nuevo mundo (redistribución de la renta de abajo arriba). Ése es el gran riesgo económico de una presidencia de Donald Trump: el auge en EEUU —y fuera de él— de un reaccionario nacionalismo económico que acuda al rescate de esa vieja economía interna que se resiste a morir sin antes recabar la privilegiada y parasitaria ayuda del sector público.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.