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La burbuja renovable española: crónica de una impostura

Prólogo del libro El ocaso del imperio del Sol: Abengoa, punto y final a la burbuja energética, de Lalo Agustina.

A los liberales se nos suele representar como amigos de las grandes empresas: en ocasiones, incluso se llega al extremo de afirmar que estamos “a sueldo del Ibex” y del gran capitalismo global. En realidad, el liberalismo se basa en un conjunto de principios muy elementales —respeto a la libertad individual, a la propiedad privada y a los contratos voluntariamente suscritos entre partes— cuyo escrupuloso respeto constituye la mejor receta para alcanzar una sociedad justa y próspera. Tales principios básicos amparan sin discriminaciones tanto a las pequeñas como a las grandes empresas, de modo que a los liberales no se nos caen los anillos por defender a las grandes (o pequeñas) empresas cuando sus actividades se desarrollan de manera compatible con ellos. Pero tales principios no sólo protegen a las personas sino que también establecen rígidamente la frontera entre sus actividades lícitas e ilícitas: conculcar la libertad individual, sustraer la privada o violentar los contratos no debería estarles permitido a nadie. Tampoco a las grandes empresas: y cuando éstas, en su corrupta alianza con el poder político, socavan la libertad y la propiedad del resto de ciudadanos, inevitablemente se toparán con la oposición frontal y la crítica de los liberales.

El caso Abengoa, y en general el de toda la burbuja renovable que con tanta desvergüenza explotaron los grandes capitostes corporativos patrios, constituyen un caso paradigmático de lo anterior. Durante años, los políticos, tanto los del PP como los del PSOE, se aprovecharon de un objetivo aparentemente noble —impulsar el desarrollo de una energía limpia y revolucionaria que, además, contribuía a generar puestos de trabajo— para implantar un sistema de ayudas estatales soportadas por consumidores y contribuyentes con el propósito oculto de privilegiar a ciertas grandes empresas y a ciertos cazadores de rentas cercanos al poder estatal: compañías como Acciona, Gamesa, Iberdrola y, por supuesto, Abengoa optaron por lanzarse a la construcción de centrales eólicas, fotovoltaicas o termosolares ante la perspectiva de elevadísimas rentabilidades garantizadas por ley. Asimismo, buena parte de la gran banca nacional (como el Santander, La Caixa o la actual Bankia) se lanzaron a proporcionar financiación para este tipo de proyectos, confiando en sacar tajada del negociete montado por sus compinches los políticos. El ex ministro de Industria, Miguel Sebastián, describió años más tarde toda esta operación parasitaria —amparada por el gobierno del que formó parte— como “una transferencia de rentas desde las pymes y la industria, innovadora, productiva y exportadora, hacia los terratenientes o financieros que desplegaron los huertos solares por toda España”.

No es de extrañar: el Real Decreto 436/2004, aprobado por el gobierno de José María Aznar un día después del 11-M, otorgaba el derecho a las centrales fotovoltaicas a vender su producción al sistema eléctrico a un precio un 575% superior a la tarifa eléctrica media de ese año; las centrales termosolares podían enajenarlo a una tarifa un 300% superior; y las eólicas a un 90%. El boom retributivo fue de tal magnitud que la instalación de centrales renovables se disparó: entre 2003 y 2015, la potencia instalada de energía eólica ha pasado de 5.361 MW a 51.439, la solar fotovoltaica de 16 MW a 8.211 y la termosolar de ser inexistente a 5.013 MW. De hecho, en el caso de la termosolar, nuestro país concentra casi el 50% de toda la potencia instalada mundial.

Y, claro, tan hipertrofiado experimento no nos salió gratis: la proliferación de estas centrales generadoras de electricidad a un coste muy elevado (hasta siete veces superior a la tarifa media) sentó las bases para que el precio soportado por los usuarios se disparara. Si los consumidores estaban obligados por ley a comprar energía renovable cara, por necesidad su tarifa eléctrica tenía que dispararse. Durante un tiempo, esta explosión del precio de la electricidad se ocultó tras el famoso “déficit de tarifa” (el sobrecoste renovable no se repercutía inicialmente a los precios finales, de modo que la población tampoco percibía el atraco al que estaba siendo sometida) pero finalmente terminó trasladándose a los precios minoristas. Justamente por ello, los propios políticos que desplegaron este escandaloso esquema de rapiña regulatoria terminaron asustándose de sus implicaciones y, con el paso de los años, se vieron abocados a recortar la retribución garantizada a muchas de estas centrales (atacando de base el principio de seguridad jurídica). De no haberlo hecho, los precios se habrían incrementado todavía más.

Pero ahí comenzó a pinchar la burbuja renovable generada por la regulación. Conforme los políticos fueron recortando —e incluso suspendiendo, a partir de 2012— las primas a las renovables, aquellas empresas que habían basado su modelo de negocio en extraer rentas garantizadas por la regulación estatal fueron atravesando problemas cada vez mayores debido a su incapacidad para readaptarse y competir sin muletas gubernamentales. El empresario que vive pegado al Boletín Oficial del Estado no sabe cómo sobrevivir sin ayudas públicas.

En un primer momento, a estas compañías se les ocurrió intentar salir adelante endosándoles el marrón a los extranjeros. La providencia quiso que, en 2009, el recién electo presidente Barack Obama buscara ideas alocadas en las que invertir fondos públicos para “estimular” la economía estadounidense, sumida en la recesión post-Lehman Brothers. Como en el caso del Plan E español, cualquier ocurrencia parecía servir para dilapidar el dinero de los contribuyentes o de los ciudadanos: por ejemplo, invertir en energías renovables a imagen y semejanza de lo hecho por España. Como es obvio, a nuestras grandes empresas se les abrieron las puertas del cielo: si Obama aprobaba el gasto o algún plan de incentivos regulatorios similar al nuestro, no tenían más que convertirse en sus concesionarias para construir aquello que durante años ya habían desarrollado en nuestro país. Una especie de Bienvenido Mr. Marshall pero sólo para aquellas grandes compañías que habían pretendido lucrarse a costa de las enormes prebendas inicialmente prometidas por la ley española.

Pero el plan de Obama —por suerte para los estadounidenses— no salió adelante. Y, probablemente, en frenar semejante despilfarro que habría hipotecado el sistema eléctrico de la primera economía mundial, algo tuvimos que ver los autores del informe “Study of the effects on employment of public aid to renewable energy sources” (elaborado por Gabriel Calzada, Raquel Merino, José Ignacio García Bielsa y un servidor). En él, argumentábamos que era rotundamente falso que el gobierno estadounidense fuera a generar empleo mediante la promoción fiscal o regulatoria de energías renovables. La experiencia española al respecto —que Obama había puesto en un comienzo como paradigma a seguir— era bastante incontestable: según nuestras estimaciones, por cada empleo directa o indirectamente creado por la inversión en renovables, se habían destruido otros 3,2 empleos en el resto de la economía. Si se trataba de una medida para impulsar el crecimiento económico y de la ocupación en EEUU, desde luego no parecía que copiar el fiasco español fuera la mejor idea.

Huelga decir que nuestro objetivo con este estudio no era el de desmerecer cualquier inversión en renovables o apostar por algún modelo energético determinado: tan sólo exponíamos que los privilegios estatales otorgados a este tipo de centrales sólo contribuían a distorsionar el mercado en un momento en el que esas tecnologías todavía no estaban maduras. A día de hoy, en cambio, parte de la nueva inversión privada en estas fuentes energéticas “verdes” sí se halla cerca de su umbral de rentabilidad, lo cual lógicamente constituye una magnífica noticia que ojalá persevere en el tiempo en forma de sucesivas reducciones de sus costes.

Gabriel Calzada, director del informe y a su vez presidente del Instituto Juan de Mariana, compareció en diversas ocasiones ante el Congreso y los medios de comunicación estadounidenses para explicar las preocupantes conclusiones alcanzadas, alertando por tanto a sus políticos y ciudadanos del error que podrían cometer si seguían a pies juntillas la ocurrencia de Obama. Como digo, finalmente el proyecto —que en última instancia sólo beneficiaba a las grandes empresas y los grandes bancos españoles implicados— fue guardado en un cajón durmiendo el sueño de los justos. Y, evidentemente, con nuestra campaña en contra habíamos pisado demasiados callos notables: los pingües beneficios soñados por algunos grandes conglomerados españoles se habían ido al garete, lo que motivó una furibunda campaña público-privada contra todos nosotros.

Desde el Ministerio de Educación español, por aquel entonces ocupado por el socialista Ángel Gabilondo, se exigió a la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (dentro de la cual se había desarrollado el informe) que emitiera un comunicado público desautorizándonos y desmarcándose de nuestras conclusiones. A su vez, las eléctricas y los sindicatos del régimen (por ejemplo ISTAS, sucursal de CCOO) multiplicaron sus artículos e intervenciones en prensa para echar por tierra las conclusiones alcanzadas. Incluso el diario Público, por aquel entonces una correa de transmisión del gobierno socialista y de los intereses corporativos que éste propugnaba, nos dedicó una portada a toda página con el siguiente titular amarillista: “El lobby neoliberal del PP boicotea a España en EEUU”.

Huelga decir que ninguno de los autores del informe tuvimos ni hemos tenido relación alguna con el Partido Popular. Al contrario, en lo que a mí respecta —parecer que me consta comparten mis colegas—, los populares constituyen una banda hipercorrupta de antiliberales que contaminan la preciosa etiqueta ideológica del liberalismo. Pero entonces, ¿a qué venía semejante ofensiva? No hace falta ser muy avispado para comprender que los enemigos del Ibex —los “antipatriotas” que boicoteaban a España, esto es, a su infame capitalismo de amiguetes— fuimos nosotros: quienes exponían la elemental realidad del burbujismo renovable en nuestro país. Y, por el contrario, sus aliados, mensajeros o propios fueron, consciente o inconscientemente, quienes atacaron sin fundamento el informe para perpetuar el pelotazo de las grandes corporaciones.

Más de un lustro después de aquel bochornoso episodio —en el que la izquierda española se colocó casposos ropajes rojigualdos para defender indignada el lucro ilegítimo de algunas grandes empresas y corporaciones financieras a expensas de los inocentes ciudadanos españoles o estadounidenses— las secuelas del pinchazo de la burbuja regulatoria de las renovables siguen sin haber cicatrizado por entero. Abengoa es todo un ejemplo —acaso el más flagrante— de ese modelo de empresario palaciego y clientelar que tanto prolifera en los aledaños del poder y que tanto quiso aprovecharse de las prebendas renovables.

En este libro del periodista Lalo Agustina encontrará un pormenorizado relato de las intrigas, ambiciones y artimañas que caracterizaron este negro episodio de nuestra historia según se materializaron en la piel de la que ha devenido la mayor quiebra de la historia de España: Abengoa. El lector se adentrará en la gestación de un cortijo que, en realidad, es sólo la punta del iceberg de muchas otras experiencias similares acaecidas en las empresas de este y de otros sectores: conforme vaya recorriendo las páginas de esta obra, y se vaya sorprendiendo y escandalizando ante el relato de los hechos, piense de nuevo en que ese deplorable corporativismo de amiguetes es el que gran parte de nuestra clase política y de nuestros medios de comunicación (incluidos aquellos posicionados en la “extrema izquierda”) lucharon con uñas y dientes por preservar en contra de aquellas minoritarias voces que abogaban por enterrarlo para no castigar injustamente a los españoles. La burbuja renovable puede que haya estallado, pero la burbuja de las élites extractivas patrias está lejos de haberlo hecho.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.