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La voluntad del pueblo no existe

Tanto el populismo de izquierdas como el populismo de derechas son movimientos colectivistas que se arrogan representar al “pueblo”. Los dos afirman conocer, interpretar y ejecutar “voluntad general” de aquel colectivo cuyos intereses aseguran defender. El populismo de izquierdas dice ser la cristalización de lo que, siguiendo a Negri y Hardt, podríamos denominar “multitud” o de lo que, siguiendo a Podemos en España, podríamos llamar “gente”: las clases populares oprimidas por la nueva oligarquía global (el equivalente moderno del proletariado pero sin su vinculación con la organización industrial fabril decimonónica). El populismo de derechas afirma ser la expresión de la “nación”: una comunidad étnica políticamente organizada y con un destino compartido por una herencia cultural e histórica compartida.

Por eso, Pablo Iglesias asegura “ser un instrumento en manos de la gente para defender sus derechos” (como si el resto de partidos con más votos que Podemos no fueran el instrumento de otra gente para defender sus derechos o intereses); por eso Donald Trump puede calificar a ciertos medios de comunicación de “enemigos del pueblo” (cuando, en realidad, quiere decir que son “enemigos suyos”); y por eso Le Pen se alza como la voz del pueblo francés frente a Hollande o Merkel, los cuales sólo son élites al servicio del globalismo. Cada uno de ellos cree interpretar cuál es la voluntad general de su colectivo de referencia, pero todos ellos yerran: tal voluntad general simplemente no existe; tan sólo constituye una inapropiada extrapolación de una característica genuina de los individuos (poseer un conjunto de preferencias relativamente bien definidas así como la capacidad de agencia para satisfacerlas) a un colectivo de individuos.

Fue el Premio Nobel de Economía Kenneth Arrow, fallecido a los 95 años el pasado martes, quien hace más de medio siglo se encargó de demostrar que no existe nada parecido a una volición colectiva: al contrario, lo único que existen son preferencias individuales que, como mucho, podrán agregarse mediante procedimientos arbitrarios que, en consecuencia, darán lugar a preferencias colectivas igualmente arbitrarias.

Ilustrémoslo con la paradoja de Condorcet, la cual sólo supone un caso particular de la denuncia más general que efectuó Arrow. Supongamos que un “pueblo” está compuesto por tres personas —1, 2 y 3— que han de escoger entre tres opciones políticas —X, Y, Z—: 1 prefiere X a Y e Y a Z (resumamos tal escala de preferencias como XYZ), 2 prefiere YZX, 3 prefiere ZXY. ¿Cuál es la voluntad general de este pueblo? Pues depende de cómo optemos por agregar las preferencias de los tres individuos que lo componen, esto es, dependerá de cuál sea la “regla electoral”: X es preferido a Y por dos votantes (1 y 3); Z es preferido a X por dos individuos (2 y 3); Y es preferido a Z por dos individuos (1 y 2). Ninguna opción, pues, cuenta con más apoyo social que la otra, de modo que el resultado final estará sujeto al criterio de agregación utilizado: si, verbigracia, el procedimiento establece que primero hemos de escoger entre X e Y para, en una segunda ronda, elegir entre la opción vencedora y Z, será Z la que termine ganando (en primer ronda ganará X y en segunda Z); si, en cambio, primero votáramos entre Y y Z, y luego entre la ganadora y X, entonces la opción vencedora sería X (primero ganaría Y y luego X). La voluntad del pueblo, pues, no sólo depende de lo que quieran los integrantes del pueblo, sino de cómo se agregue su voto: y no hay un método para agregar su voto que sea inherentemente preferible a otro (¿por qué votar primero entre X e Y o entre X y Z?).

Esta última es, de hecho, la aportación crucial de Arrow. El economista estadounidense demostró que no existe ningún método de agregación de preferencias individuales que cumpla simultáneamente las siguientes características mínimamente exigibles a cualquier regla electoral general: universalidad (la regla electoral ha de ser capaz de agregar cualquier conjunto de preferencias individuales), racionalidad (los resultados agregados que nos proporcione la regla electoral han de ser completos y coherentes), unanimidad (si todos los ciudadanos prefieren una opción política a otra, agregadamente también debería preferirse ese opción política), independencia de alternativas irrelevantes (nuestras preferencias sobre Z no deberían influir a la hora de escoger entre dos alternativas X e Y) y ausencia de dictadura (la voluntad general no debe mimetizar la voluntad individual de un determinado votante, sino que ha de permitir diversidad de resultados electorales según cambien las preferencias de los diversos electores). Esto es lo que se conoce como “el teorema de la imposibilidad de Arrow”.

Pero si, como decimos, no es posible encontrar un método de agregación colectiva de preferencias individuales que cumpla con todas esas mínimas características fundamentales, entonces es que toda regla electoral vulnerará al menos alguno de estos requisitos: dicho de otro modo, cualquier regla electoral estará genéticamente viciada. En tal caso, la predilección personal por alguna de entre todas las (viciadas) reglas electorales será un asunto relativamente arbitrario (¿por qué es mejor que se incumpla un requisito y no otro?): y si la elección de la (viciada) regla electoral es un asunto arbitrario y, a su vez, la regla electoral codetermina, junto con las preferencias individuales, cuál es la voluntad general del pueblo, entonces es que no existe una única voluntad general del pueblo sino muchas posibles voluntades generales dependientes de la regla electoral arbitrariamente seleccionada. Así las cosas, con unas mismas preferencias electorales, tan voluntad de “la gente” son las políticas del PP como las de Podemos; tan voluntad del “pueblo estadounidense” es encumbrar al poder a Trump o a Clinton y, por tanto, tan amigos o enemigos del pueblo pueden ser unos mismos medios de comunicación partidistas; o tan voluntad del pueblo francés puede ser el nacionalismo lepeniano como el unioneuropeísmo hollandiano. Tanto la tesis como la antítesis pueden ser “voluntad general” partiendo de las mismas preferencias individuales: todo depende de cómo las agreguemos.

En definitiva, la voluntad colectiva no existe: lo que existen son diversos mecanismos imperfectos para agregar, por procedimientos relativamente arbitrarios, esas preferencias individuales. Unas mismas preferencias individuales pueden dar lugar a decisiones colectivas muy variopintas apenas modificando la (arbitraria) regla electoral utilizada. Evidentemente, lo anterior no equivale a decir que la acción colectiva no sea posible; la solución liberal al teorema de la imposibilidad de Arrow es bastante sencilla e intuitiva: libertad de asociación individual para que cada persona escoja a qué grupos quiere pertenecer y con qué sistema de reglas (relativamente arbitrarias) acepta jugar. Lo que, en cambio, sí se desprende indubitadamente del teorema de la imposibilidad de Arrow es que nadie puede arrogarse conocer la voluntad del pueblo no conformado por libre asociación individual porque, simple y llanamente, semejante voluntad no existe. Los populismos de izquierdas y de derechas buscan antropomorfizar al pueblo para legitimar socialmente todos aquellos ataques a la libertad individual que encajan con sus particulares prejuicios ideológicos. Hablan del “pueblo” para ocultar la tiranización de ciertas minorías sociales por las mayorías sociales hegemónicas. Arrow nos lo explicó con rigor y clarividencia: no lo olvidemos. Descanse en paz.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.