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Invasión libertaria

En una reciente alocución ante Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, el papa Francisco denunció que el “individualismo liberal” está invadiendo todos los estratos de la cultura y de la educación: una amenaza ideológica de primer orden que pretende socavar la idea de “bien común” para sustituirla por una concepción de la libertad individual aislada de cualquier tipo de vínculos con la sociedad. Mucho me temo que Bergoglio yerra dobelemente.

Primero, porque no es cierto que el liberalismo esté avanzando imparablemente en los ámbitos culturales y educativos (¡ojalá!): la intelligentsia sigue siendo muy escasamente liberal y, por lo general, justifica la autoridad suprema del Estado para imponerse coactivamente sobre el individuo. Es verdad que existen algunos ámbitos civiles donde la intelectualidad sí reconoce una (cuasi) inviolable esfera de libertades personales —integridad física, libertad de conciencia, libertad de expresión, libertad sexual o libertad de asociación—, pero en otros campos —como el económico— las alabanzas a las más diversas modalidades del intervencionismo gubernamental siguen siendo generalizadas.

Segundo, el Sumo Pontífice también yerra al acusar al liberalismo de oponerse a la idea de bien común: efectivamente, el pensamiento liberal se opone a la existencia de voluntades colectivas a los que todo ser humano deba someterse; más bien al contrario, el liberalismo defiende que cada persona tiene el derecho de tratar de realizar su vida de acuerdo con sus ideas y valores, aun cuando éstos puedan parecernos a los demás reprobables moralmente. Y justamente en esta tolerancia amplia hacia la diversidad vital encontramos la idea minimalista de bien común que sí abraza el liberalismo: el bien común es aquel orden social que respeta la diversidad de proyectos vitales de cada ser humano y que sienta las bases para su coexistencia pacífica. El bien común es el marco jurídico de la libertad individual. Nada de esto significa que el liberalismo degenere en una especie de atomismo individualista desarraigado: el liberalismo no reniega ni de la sociedad ni de aquellas instituciones comunitarias que de manera natural emergen fruto de la convivencia (familia, iglesias, mutualidades, ONGs, juntas vecinales, etc.). El liberalismo sólo rechaza que se le niegue a una persona adulta su derecho a desvincularse de estas agrupaciones y a integrarse en otras distintas. Liberalismo es asociación voluntaria, no aislamiento sociopático. A poco que observemos nuestro entorno, mucho me temo que descubrimientos que estamos muy lejos de haber sido invadidos por las ideas y por los valores de la libertad.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.