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Hazte Oír es libre de equivocarse

La Sección nº2 de la Audiencia Provincial de Madrid ha autorizado en un reciente auto que el polémico autobús de Hazte Oír vuelva a circular por las calles de la capital española. Como es sabido, el pasado mes de marzo, un juzgado de Instrucción tomó la medida cautelar de inmovilizar el vehículo por “una posible lesión a la dignidad de determinadas personas por razón de su orientación o identidad sexual”. Hazte Oír recurrió este auto y ahora la Audiencia Provincial se lo ha estimado: la medida cautelar de inmovilizar el autobús ya no resulta necesaria, en especial existiendo muy serias dudas de que su mensaje sea constitutivo de delito.

Las razones que ofrecen los magistrados de la Audiencia Provincial son harto razonables y entroncan con la mejor tradición liberal en defensa de la libertad de pensamiento y expresión: las ideas, incluso las más execrables, no delinquen. Tampoco, claro, cuando transitan desde la cabeza de una persona hasta el foro público. Si las ideas —y su difusión a terceros— pudieran criminalizarse, entonces caeríamos en una tiranía de la ideología dominante. Cito textualmente a la Audiencia: “Admitir la persecución de ideas que molestan a algunos o bastantes, no es democrático, supone apoyar una visión sesgada del poder político como instrumento para imponer una filosofía que tiende a sustituir la antigua teocracia por una nueva ideocracia”.

La filosofía política liberal surge justamente en sociedad como un dispositivo para permitir la coexistencia pacífica de visiones (religiosas) radicalmente irreconciliables. Antes del liberalismo, la violencia recíproca entre grupos religiosos/ideológicos era el único camino posible para dirimir sus diferencias: “Si tu Dios existe, mi Dios no existe: por consiguiente, con la reafirmación de tu fe estás negando la existencia de mi Dios y eso es una ofensa que no puedo tolerar so pena de condenarme”. Tal violencia se volvía mucho más extrema cuando uno de esos grupos religiosos/ideológicos conformaba una minoría sin capacidad efectiva de defenderse frente al salvajismo de la mayoría (persecución religiosa).

El insostenible estado de extrema violencia hobbesiana alumbró una solución para pacificar a la sociedad: la tolerancia recíproca. A saber: “Voy a tolerar incluso una ofensa tan extrema como es que niegues la existencia de mi Dios, pero lo toleraré a cambio de que tú hagas lo propio conmigo”. Esa extrema tolerancia hacia las ideas ajenas, extensible a cualquier modo de vida que sea pacífico con los demás, es la principal aportación del liberalismo a las sociedades modernas.

De ahí que resulte tan peligroso quebrar ese consenso social alrededor de la tolerancia ideológica. Si Hazte Oír no puede expresar sus ideas simplemente porque las mismas molestan a amplios sectores de la sociedad, ¿por qué una sociedad donde el conservadurismo moral de Hazte Oír deviniera mayoritario no podría censurar —con idéntica dosis de legitimidad— cualquier idea contraria a sus reaccionarias tesis? La libertad de expresión es un “hoy por ti, mañana por mí”, dado que cualquier idea, por razonable que nos parezca, puede llegar a indignar a personas (a las que juzgamos) poco razonables: y esas personas poco razonables pueden llegar a ser mañana lo suficientemente numerosas como para silenciar a quienes les incomoden.

La misión de la Ley no debería ser imponer la Verdad, sino salvaguardar que cada individuo pueda promover su verdad sin sufrir la coacción de otros ciudadanos que cuentan con otras verdades propias. Si atribuimos a la Ley la misión de perfeccionar moralmente a la comunidad —la misión de expulsar del foro público las ideas corruptas y de monopolizarlo con las ideas correctas—, entonces todos los individuos que se identifiquen con una cierta cosmovisión ideológica estarán incentivados a capturar la Ley no sólo para imponerles a los demás sus ideas, sino para evitar que los demás se las impongan a ellos.

La clave de la bóveda consiste precisamente en interiorizar que “tolerar” no es igual a compartir, aceptar o patrocinar. En otras palabras, que permitir la circulación del autobús de Hazte Oír no significa, como bien señala la Audiencia Provincial, “condescendencia, aceptación o comprensión, con determinados mensajes y su forma de exteriorización sino únicamente que las ideas, como tales, no deben ser perseguidas penalmente”. Si ciertas personas o colectivos se ofenden con el mensaje de Hazte Oír, lo que deberían hacer es visibilizar públicamente su dolor, su indignación y sus críticas hacia la asociación conservadora, no impulsar su amordazamiento.

Hazte Oír, como cualquiera de nosotros, debe tener pleno derecho a equivocarse. Incluso a equivocarse brutalmente. Los demás, claro, también debemos tener pleno derecho a expresar nuestra repulsa, reprobación y rechazo hacia sus errores. “Tú Dios no existe, sólo el mío es verdadero”. “No, el mío es el que existe, el tuyo es una absoluta patraña”. “No, ningún Dios existe, los dos estáis engañados”. Todo vale… salvo dar el salto a la violencia.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.