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La política corrompe a la sociedad

De acuerdo con el filósofo Jason Brennan, los ciudadanos pueden dividirse en tres grandes arquetipos políticos: hobbits, hooligans y vulcanianos. Los hobbits son ciudadanos a los que no les interesa la política: carecen de opinión firme (o incluso de opinión) sobre la mayoría de cuestiones públicas, pues simplemente se dedican a vivir sus vidas y no a filosofar sobre las problemáticas colectivas. Los hoolingans son ciudadanos que viven apasionadamente la actualidad política cual hincha futbolístico: posee opiniones firmes sobre la mayoría de asuntos públicos (que coinciden en bloque con la de aquella corriente política a la que se adscribe) y es muy reacio a aceptar evidencia contraria a su ideología, pues ésta forma parte de su identidad personal. Por último, los vulcanianos se interesan por la política pero de un modo desapasionado, puesto que la estudian científica y racionalmente: sus opiniones son tan firmes como la lógica y la evidencia disponible permiten que lo sean; si detectan errores en sus razonamientos o aparece nueva evidencia contradictoria, simplemente cambian de opinión.

Hobbits, hooligans y vulcanianos son únicamente tipos ideales de ciudadanos: prácticamente nadie es un hobbit puro, un hooligan puro o un vulcaniano puro. Pero sí es cierto que todos basculamos más hacia alguna de estas tres categorías. De acuerdo con Brennan, la inmensa mayoría de ciudadanos son o bien hobbits (paradigmáticamente, el abstencionista) o hooligans (paradigmáticamente, el militante de un partido político). Ser un vulcaniano puro es casi imposible porque los seres humanos sufrimos un conjunto de sesgos cognitivos que nos impiden analizar la realidad de manera fría y objetiva.

Pero, evidentemente, para que un sistema democrático tenga visos de funcionar correctamente, es necesario que aquellos ciudadanos que participan en el proceso político sean vulcanianos: las democracias pueden resistir un alto porcentaje de hobbits, pero no un alto porcentaje de hooligans. Los optimistas democráticos —como John Stuart Mill— confiaban en que la participación democrática tendería a ennoblecer y a moralizar a la ciudadanía, esto es, hobbits y hooligans irían transformándose progresivamente en vulcanianos. Sin embargo, también cabe la hipótesis contraria: que la participación en la arena política no ennoblezca sino que corrompa moralmente al ciudadano y que, en consecuencia, los hobbits se transformen en hooligans y los hooligans se radicalicen todavía más.

El último libro de Brennan (cuya edición española será publicada a comienzos del próximo año por el Instituto Juan de Mariana y Deusto) es un compendio de razones por las cuales la política contribuye a embrutecer al ciudadano, es decir, a transformarlo en un hooligan: nuestros múltiples sesgos cognitivos (sesgo de confirmación, razonamiento motivado, sesgo endogrupal, sesgo de disponibilidad o el sesgo de autoridad) provocan que razonemos  de manera sectaria, gregaria e irracional, de modo que el debate democrático no moverá a los electores hacia un amplio consenso social, sino hacia la polarización extremista. La participación o la deliberación democrática no engendrará vulcanianos, sino hooligans radicalizados.

Por desgracia, la deriva de la democracia estadounidense durante las últimas décadas (con episodios crecientes de violencia política, como el último en Charlottesville o previamente en Berkeley) no hace sino avalar la hipótesis de que la politización de la sociedad tiende a corromperla. Hace algunos años, el Centro de Investigaciones de Pew publicó un detallado informe sobre la polarización política de la sociedad estadounidense, y los resultados ya entonces eran descorazonadores.

Primero, demócratas y republicanos se polarizan cada vez más: los demócratas se radicalizan hacia la izquierda y los republicanos se radicalizan hacia la derecha, vaciándose el centro.

De hecho, esta polarización ideológica se extrema entre aquellos ciudadanos más políticamente activos (entre los hooligans) y menos entre los ciudadanos menos participativos (entre los hobbits). El 70% de los demócratas activistas se autorreconoce como izquierdista (frente al 49% de los demócratas menos activistas); a su vez, el 70% de los republicanos activistas se autorreconoce como derechista (frente al 38% de los republicanos menos activistas).

Segundo, las ideologías de cada grupo de votantes no sólo se polarizan, sino que aumenta la antipatía que sienten hacia el contrario: el 79% de los demócratas tiene una opinión mala o muy mala hacia los republicanos y el 82% de los republicanos tiene una visión mala o muy mala hacia los demócratas.

Es más, el 27% de los demócratas considera que los republicanos son una “amenaza” para la nación, mientras que el 36% de los republicanos opina del mismo modo con respecto a los demócratas. Estos porcentajes son todavía mayores entre los ciudadanos que muestran un alto grado de activismo político (el 44% de demócratas activistas considera a los republicanos una amenaza, frente al 51% de los republicanos activistas que toman la misma actitud con los demócratas).

Y tercero, esta antipatía mutua entre ambos grupos ideológicos termina conduciendo a la segmentación social. El 50% de los republicanos más polarizados quiere vivir en comunidades republicanas y el 63% desea que sus amigos cercanos sean también republicanos; asimismo, el 35% de los demócratas más polarizados quiere vivir en comunidades demócratas y el 49% que sus amigos sean demócratas.

A su vez, el 30% de los republicanos más polarizados (y el 23% de los demócratas más polarizados) sufriría si un familiar cercano se casara con una persona de la ideología contraria.

En definitiva, la politización de la sociedad no conduce a resolver problemas comunes mediante un debate cordial, racional, desapasionado y basado en la evidencia: al contrario, fomenta que la sociedad se polarice en tribus ideológicas que se aborrezcan cada vez más entre sí (y que, en el extremo, lleguen a agredirse). La política no alimenta la concordia y el entendimiento mutuo, sino el odio entre ciudadanos que podrían convivir y cooperar pacíficamente al margen de la política.

Llegados a este punto, la cuestión pasa a ser, claro está, la de cómo deberíamos proceder. Y si la extensión de la política hacia nuevos ámbitos sociales es la responsable de esta progresiva polarización cainita de los ciudadanos, la solución deberá pasar por despolitizar la sociedad, esto es, por extraer del ámbito colectivo decisiones que deberían pertenecer única y exclusivamente a la esfera individual. Incluso si consiguiéramos que la mayoría de ciudadanos se convirtieran en vulcanianos (reto imposible dada nuestra psicología política), la pluralidad y heterogeneidad de valores morales de los ciudadanos impediría alcanzar un consenso sobre todas esas cuestiones para las que no existe una única buena respuesta posible: y someter esas controvertidas cuestiones a la elección colectiva únicamente las convertiría en focos de conflictividad, enfrentamiento e imposición tiránica de unos sobre otros. Para reducir la conflictividad social y la violencia con motivaciones ideológicas no necesitamos más política, sino menos. Es decir, necesitamos más hobbits y menos hooligans.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.