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La reforma tributaria de Trump: mucho ruido y pocas nueces

Donald Trump presentó ayer su propuesta de rebaja fiscal: recorte del Impuesto sobre la Renta, recorte del Impuesto sobre Sociedades y eliminación del Impuesto sobre Sucesiones. A la vista de lo anunciado, parecería que el republicano ha comenzado a cumplir con una de sus más liberales promesas electorales: el mayor recorte de impuestos en la historia de EEUU. La realidad, sin embargo, es bastante distinta: el plan presentado por Trump rebaja muy significativamente sus promesas electorales iniciales, dejando la reforma fiscal en una sombra de lo que pretendía ser.

La razón de esta marcha atrás de Trump es evidente: dado que el presidente jamás quiso recortar de manera significativa el gasto público, no había forma realista de financiar lo que durante la campaña se había comprometido a aprobar. Así que, en lugar de minorar los desembolsos del Estado, ha optado por aguar la reducción impositiva. Para comprobarlo, basta con comparar su programa electoral con su nuevo plan impositivo.

Con respecto al Impuesto sobre la Renta, Trump prometió reducir y simplificar los tipos marginales del IRPF desde el 10%-15%-25%-28%-33%-35%-39,6% hasta el 12-15%-33% (antes incluso había propuesto 10%-20%-25%). Finalmente, el tipo marginal máximo no será del 33%, sino del 35%. Peor todavía: el propio plan de Trump advierte de que podría castigarse a las rentas más altas con un tipo marginal aún más elevado que el 35% para así “asegurar que la reforma del sistema tributario es al menos tan progresiva como el sistema tributario actual”. A su vez, el republicano también prometió crear un mínimo vital exento de 15.000 dólares para las declaraciones individuales y de 30.000 dólares para las declaraciones conjuntas: ahora, empero, quedarán reducidos a 12.000 dólares para las individuales y 24.000 para las conjuntas. Asimismo, Trump se comprometió únicamente a limitar la cuantía de las deducciones fiscales, pero en su nuevo plan pretende eliminarlas por completo (tan sólo sobrevivirán las deducciones por compra de vivienda y por caridad). Y, por último, el republicano también dio su palabra de eliminar el recargo del 3,8% que pesa sobre las rentas del capital y ahora no contempla tal medida.

Con respecto al Impuesto sobre Sociedades, Trump prometió rebajarlo del 35% al 15%: finalmente, se quedará en el 20%. A su vez, el republicano aceptó que los trabajadores que decidiesen convertirse en autónomos o que se organizaran societariamente pudieran tributar no a través del Impuesto sobre la Renta sino a travésdel Impuesto sobre Sociedades: el nuevo plan del republicano, en cambio, augura medidas para “evitar que la renta personal se convierta en renta empresarial, de tal manera que los ricos sorteen tributar por el tipo marginal máximo sobre la renta”. Asimismo, Trump prometió que las empresas podrían elegir beneficiarse fiscalmente o por la depreciación acelerada de sus activos o por la deducibilidad del gasto en intereses: ahora, no se permitirá tal elección, sino que se impondrá la depreciación acelerada de activos y se limitará, para todas las compañías, la deducibilidad de los intereses. Y, por último, Trump no habló en campaña de que fuera a abolir todas las otras deducciones presentes del Impuesto sobre Sociedades, mientras que ahora augura “eliminar o limitar muchas otras exenciones o deducciones”.

Dicho de otra forma, Trump prometió tipos más bajos y mayores deducciones: su nuevo plan, por el contrario, ofrece tipos no tan bajos y muchísimas menos deducciones. ¿Por qué ha hecho esto? El proyecto impositivo original del republicano conllevaba unos costes estáticos (sin tener en cuenta la influencia del crecimiento económico) de entre 4,5 y 6 billones de dólares a lo largo de la próxima década. El nuevo proyecto fiscal de Trump tiene un coste de apenas 2,2 billones de dólares: es decir, entre la mitad y un tercio de lo originalmente prometido. ¿De dónde viene ese menor coste? Pues de las “discrepancias” que ya hemos expuesto: la menor rebaja de los tipos marginales del Impuesto sobre la Renta y del Impuesto sobre Sociedades supondrá una rebaja 600.000 millones de dólares menor de la anunciada; incrementar el mínimo exento menos de lo anunciado equivaldrá a una disminución impositiva un billón de dólares inferior; eliminar —en lugar de limitar— las deducciones dentro del Impuesto sobre la Renta implicará una subida impositiva 1 billón mayor de la inicialmente comprometida; impedir la conversión fiscal de renta salarial en renta empresarial supondrá una minoración tributaria 650.000 millones de dólares menor, etc.

En otras palabras, y como algunos ya advertimos, la falta de compromiso con un intenso recorte del gasto volvía la promesa original totalmente inverosímil. Muchos quisieron apelar a la magia de San Laffer para defender el indefendible borrador original y ahora han terminado dándose de bruces con la realidad. Todavía peor: si Trump quiere que su nueva y capitidisminuida reforma tributaria termine aprobándose, se verá forzado a aguarla todavía más. ¿Por qué?

Para que el Senado pueda aprobar una reforma tributaria por mayoría absoluta (51 votos) en lugar de por mayoría cualificada (60 votos) es necesario que la rebaja fiscal no incremente el déficit público en más de 1,5 billones durante los próximos diez años. Los republicanos cuentan con 52 senadores y, como hemos visto, la actual reforma tributaria de Trump aumenta el déficit en 2,2 billones: por ello, a menos que los republicanos consigan el voto de ocho senadores demócratas, tendrán que ajustar aún más su promesa de rebaja impositiva. Justamente por ello, el plan presentado ayer por Trump es deliberadamente ambiguo en algunos puntos (¿Se creará o no un nuevo tipo marginal máximo? ¿Qué deducciones empresariales se eliminarán? ¿Se suprime finalmente el recargo del 3,8% sobre las rentas del capital?, etc.): para volverlo todavía menos ambicioso durante su tramitación en el Senado.

Teniendo todo esto en cuenta, ¿estamos ante la mayor rebaja de impuestos de la historia estadounidense? No, ni mucho menos. Un recorte fiscal de entre 1,5 y 2,2 billones durante la próxima década equivale a una rebaja de impuestos de entre el 0,75% y el 1,1% del PIB por año. Por ponerlo en perspectiva, la reforma tributaria de Reagan en 1981 bajó los impuestos alrededor de un 2,5% anual, la reforma de Bush en 2001 los minoró en 1,5% del PIB, e incluso la reforma de Clinton en 1997 los recortó en un 0,6%. Si Trump se hubiera mantenido fiel a sus promesas originales, sí habríamos estado ante la mayor rebaja tributaria de la historia (cerca del 3% del PIB), pero tras su último bandazo nos quedaremos en una rebajita algo mayor que la de Clinton y algo menor que la de Bush.

En definitiva, no es que la reforma tributaria de Trump sea mala: mejora la simplicidad y la transparencia del sistema tributario estadounidense, rebaja netamente impuestos a familias empresas y, en suma, impulsará el crecimiento económico. Sin embargo, se trata de un recorte tributario muchísimo menos profundo de lo inicialmente prometió (y todo apunta a que aún se disolverá más durante su tramitación) debido justamente por el pecado original con el que fue concebido: no acompañarlo de un energético recorte del gasto público que permita disminuir sosteniblemente impuestos sin disparar el déficit. Trump no lo ha hecho y ahora toca envainársela.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.