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Patriotismo frente a nacionalismo

El nacionalismo es un movimiento político colectivista contrario al reconocimiento de derechos individuales fuera del marco esencialista que impone la propia nación. Los politólogos Philip Spencer y Howard Wollman han definido el nacionalismo como “una ideología que imagina la comunidad de un modo determinado (en concreto, la imagina como una comunidad “nacional”), que defiende la primacía de esta identidad colectiva sobre otro tipo de identidades, y que, en nombre de esa identidad colectiva, aspira a conseguir el poder político, idealmente (aunque no exclusivamente) a través de la formación de un Estado para la nación (es decir, de un Estado-nación)”.

Asimismo, Umut Özkirimli caracteriza el pensamiento nacionalista en función de tres rasgos: las proposiciones identitarias, las proposiciones temporales y las proposiciones espaciales. Las proposiciones identitarias se refieren a que la nación goza de soberanía sobre los nacionales y, en consecuencia, todo nacional ha de mostrar una lealtad prioritaria hacia su nación. Las proposiciones temporales remiten a la continuidad histórica de la identidad nacional: la necesidad de construir una narrativa para demostrar que los nacionales de hoy somos herederos de los nacionales de ayer, aun cuando ello suponga deformar algunos hechos y olvidar otros. Por último, las proposiciones espaciales apelan a la existencia de un territorio consustancial a la nación: el hogar natural de los nacionales apegado a su propia identidad como pueblo. En suma, para el nacionalismo el sujeto soberano de derecho es la nación y esa soberanía la ejerce históricamente sobre todo su territorio.

Para el nacionalismo, la adscripción nacional prima sobre cualquier otro rasgo de nuestra identidad: la primera y más exigible de las lealtades es la lealtad a la nación. Si alguien siente un mayor apego hacia otras naciones, o si prioriza otras lealtades (políticas, religiosas, ideológicas, etc.) por encima de la nacional, entonces ese alguien deviene sospechoso de traición. De ahí que sólo haya dos vías abiertas para los díscolos que no desean subyugarse al ideal nacionalista: o represión o adoctrinamiento. El nacionalismo alemán, por ejemplo, no dudó en construir la gran Alemania con “sangre y hierro” en contra de quienes se opinión a la unificación. El nacionalismo catalán, a su vez, tampoco ha dudado en obligar a los padres a escolarizar a sus hijos en una lengua vehicular distinta a la de su preferencia con tal de fomentar la construcción de una determinada identidad nacional. Represión y adoctrinamiento son las dos vías fundamentales por las que el nacionalismo mantiene cohesionada a una sociedad: y ambas vías constituyen ataques frontales a la libertad individual. Por eso el nacionalismo es un enemigo radical del liberalismo. Ahora bien, ¿significa ello que el liberalismo ha de caer en una especie de solipsismo político que abomine de cualquier vinculación social?

No. Frente al nacionalismo, son muchos los autores, habitualmente fuera de la tradición liberal, que han tratado de rehabilitar el concepto de patriotismo: es decir, la lealtad y la defensa de la propia comunidad política. Por ejemplo, Habermas, desde posiciones filomarxistas, quiso fundamentar esa lealtad en los valores universales compartidos por la ciudadanía y positivizados en su constitución. Asimismo, Maurizio Viroli, dentro del pensamiento republicano, también ha propugnado un “patriotismo de la libertad” basado en el amor a nuestra libertad común y, por tanto, en la necesidad de combatir a los enemigos de esa libertad común. El liberalismo, a su vez, puede perfectamente abrazar el concepto de patriotismo en un sentido similar al de Viroli (aunque sin su carga republicana): un patriotismo típicamente liberal, y opuesto a la visión holista del nacionalismo, sería la lealtad y el afecto hacia aquellas instituciones que garantizan nuestra libertad —la de cada persona que conforma semejante comunidad política—.

Sucede, sin embargo, que muchos de estos intentos intelectuales de diferenciar entre patriotismo y nacionalismo no resultan plenamente válidos, sobre todo cuando promueven la adhesión y lealtad a la totalidad de los ordenamientos jurídicos vigentes. Por una razón: la mayoría de comunidades políticas actuales —especialmente en Europa— no son más que comunidades políticas de corte nacional; a saber, comunidades políticas construidas sobre los presupuestos de una (mítica) continuidad histórica de la identidad nacional y de sus derechos políticos sobre un determinado territorio. En tal caso, la defensa integral de esa comunidad política y de sus documentos fundacionales únicamente constituirá una forma indirecta de refrendar el nacionalismo insuflado en la raíz de tales ordenamientos jurídicos.  

Tomemos el caso de España. Son muchos quienes han intentado confrontar el primitivista, irracional y liberticida nacionalismo catalán con un moderno, racional y liberal patriotismo español. Quienes defienden la unidad de España, dicen, no son nacionalistas españoles sino “patriotas españoles” genuinamente preocupados por la preservación del orden constitucional. Y, ciertamente, hay algunas buenas razones, nada vinculadas con el nacionalismo, para querer mantener el actual orden constitucional español: en esencia, que nos ha proporcionado un Estado de Derecho relativamente funcional para defender ciertas libertades que defendemos como universales (y no exclusivas de un determinado grupo nacional). En ese sentido, sí cabría hablar de un patriotismo español vinculado a la adhesión a tales principios no nacionales.

Ahora bien, nuestro ordenamiento constitucional no sólo descansa sobre premisas no nacionalistas y, por tanto, potencialmente engarzables con un auténtico patriotismo liberal. Otra parte de su articulado no es más que el remanente de posturas tradicionalmente nacionalistas que nada tienen que ver con la pretensión de universalidad típica del patriotismo. Me refiero, específicamente, a su artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Es decir, el texto constitucional cuya íntegra defensa reclama el autodenominado patriotismo español es un texto constitucional que, en su misma génesis, reconoce su profunda conexión con el nacionalismo: todo el ordenamiento constitucional —y todos los derechos y libertades allí positivizados— queda subordinado a la unidad (histórica y de destino) de la nación española. El ciudadano español tiene derechos en la medida en que la unidad de España se mantenga: no fuera, o más allá, de esa unidad nacional. La tensión entre ambas lecturas de la Constitución es patente: y una lectura patriota debería favorecer la posibilidad –incluso la conveniencia— de reformar ese artículo 2.

A la postre, la defensa cerrada y dogmática del artículo 2 de la Constitución —origen del enconado enfrentamiento que se está viviendo dentro de la sociedad catalana— no tiene nada que ver con un potencial patriotismo español y sí todo que ver con el tradicional nacionalismo español. ¿Puede existir una o varias comunidades políticas, respetuosas de nuestras libertades, dentro del actual territorio del Estado español que no se fundamenten en esa indisoluble unidad nacional? Si la respuesta es que sí —y parece una evidencia internacional que una comunidad política funcional no tiene por qué descansar sobre la nación española—, entonces no hay razones verdaderamente patriotas para empeñarse en defender, contra viento y marea, la unidad nacional: las puede haber, claro, para defender que la unidad nacional sea reformada respetando el marco jurídico vigente, pero no para considerar un tabú la creación de nuevas comunidades políticas disolviendo la “unidad nacional” (y lo mismo sirve, por supuesto, para el nacionalismo catalán, el cual, en su Ley de Transitoriedad, sigue colocando la soberanía nacional en manos del “pueblo de Cataluña”, y no en la de cada catalán que libremente desee adherirse a un hipotético Estado catalán independiente).

Frente al nacionalismo, patriotismo: un patriotismo basado en el acuerdo voluntario de convivencia entre personas que comparten un conjunto universalizable de valores acerca de la importancia de proteger la libertad individual. Un patriotismo que no sea rehén de narrativas nacionalistas y que, por consiguiente, acepte la mutabilidad de los marcos de convivencia. Un patriotismo que puede tener cabida dentro de nuestro ordenamiento constitucional pero sólo reformándolo para eliminar las líneas rojas que, precisamente, crean conflictos y enfrentamientos innecesarios entre la población. El avance hacia una mayor libertad sólo se producirá con el retroceso de todo nacionalismo.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.