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Diez gráficos que muestran que el mundo progresa imparablemente

2017 concluye y 2018 comienza. 2017 fue el mejor año de la historia de la humanidad, pero 2018 será todavía mejor. ¿Por qué? Pues porque, a pesar de todos los cenizos y agoreros que suelen copar las tribunas mediáticas, el mundo lleva varias décadas experimentando (gracias al capitalismo global) un progreso jamás antes visto. Precisamente, el Instituto Juan de Mariana, de la mano de Value School y Deusto, acaba de publicar al castellano el último libro del economista sueco Johan Norberg: Progreso: diez razones para mirar al futuro con optimismo. En apenas diez capítulos, Norberg nos desgrana diez importantísimos indicadores que prueban que la humanidad va mejorando año tras año.

Primero, alimentación: en los últimos 60 años, el porcentaje de la población mundial que sufre de desnutrición ha caído desde el 50% hasta el 10%.

 

Segundo, saneamientos: en las últimas cuatro décadas, el porcentaje de la población mundial con acceso a agua potable ha aumentado desde el 50% hasta el 90%; asimismo, el acceso a servicios sanitarios de calidad ha crecido desde poco más del 20% hasta el 70%.

Tercero: esperanza de vida. Desde mediados del siglo XX, la esperanza de vida media en el planeta ha aumentado en dos décadas (desde 50 a 70 años). Además, lo ha hecho en todos los continentes (no sólo gracias a la mejoría de las sociedades ricas).

Cuarto: pobreza. La tasa de pobreza extrema ha disminuido ininterrumpidamente desde la Revolución Industrial. En un comienzo, fue el denominado “Primer Mundo” el que consiguió escapar de la miseria absoluta (gracias al laissez faire decimonónico), pero desde mediados del siglo XX, el Segundo y Tercer Mundo también han logrado escapar de ella (gracias a la extensión de la globalización y del imperio de la ley). Si en 1950, más de la mitad de la población mundial subsistía con el equivalente a menos de un dólar diario, hoy si siquiera el 10% se mantiene en esos niveles (todo ello, claro, corregido por inflación). En 2030, de hecho, el Banco Mundial estima que la pobreza extrema habrá desaparecido de la faz de la Tierra.

Quinto: violencia. El progreso material y moral de las sociedades también se está dejando sentir en una menor propensión hacia la criminalidad. Las personas cada vez empatizan más con el prójimo —y, merced al comercio, se vuelven más interdependientes— y, por tanto, optamos por cooperar de buena fe antes que por extorsionar al vecino. Si, por ejemplo, nos restringimos a Europa y nos fijamos en una de las dimensiones más evidentes de la criminalidad —el número de homicidios por cada mil habitantes—, comprobaremos que ésta se encuentra en el menor nivel de su historia.

Sexto: medio ambiente. A pesar de que las economías actuales no internalizan jurídicamente todas las externalidades dañinas para el entorno —y que, en consecuencia, el respeto al medio ambiente no es tan alto como debería ser—, no deberíamos soslayar que vivimos en sociedades con niveles de contaminación persistentemente decrecientes. Verbigracia, la polución en Reino Unido se encuentra en su nivel más bajo desde 1970.

Séptimo: educación. La tasa de analfabetismo en el conjunto del planeta se halla en el nivel más reducido de la historia. Desde mediados del siglo XX, ha pasado de afectar a más del 60% de la población a hacerlo a apenas el 10%. Además, no sólo es que cada vez más gente sepa leer y escribir: el número de años que las personas permanecen en el sistema educativo también está aumentando continuadamente, sobre todo en los países en vías de desarrollo.

Octavo: libertades. Es cierto que las libertades se encuentran siempre amenazadas por muy variados enemigos. En la actualidad, de hecho, las sociedades occidentales han caído en la trampa de otorgar una hiperlegitimidad moral al Estado democrático, merced a la cual éste puede conculcar impunemente las libertades de cada ciudadano. Sin embargo, también es verdad que en muchos otros órdenes la libertad sigue avanzando: cada vez existe un mayor respeto jurídico hacia la diversidad étnica, religiosa, ideológica o sexual. Como síntoma evidente de este creciente respeto hacia las libertades individuales podemos citar el número de países con leyes que admiten la esclavitud: formalmente, la cifra es igual a cero; materialmente, por desgracia, todavía subsisten regímenes enteros que esclavizan a su población, como sucede con Cuba o Corea del Norte (pero, en todo caso, el número de esos regímenes radicalmente liberticidas también se ha reducido de un modo muy apreciable desde el derrocamiento del Muro de Berlín).

Noveno: igualdad. La extensión de la libertad individual va inexorablemente ligada al reconocimiento de la igualdad jurídica de las personas, con independencia de aquellos rasgos que deberían ser políticamente neutros o irrelevantes (sexo, orientación sexual, religión, etc.). Difícil respetar la libertad de una mujer cuando, verbigracia, se la considera un ser jurídicamente subordinado e inferior al hombre. Una exteriorización de este expansivo reconocimiento de la igualdad jurídica entre personas la encontramos en el número de países que aceptan el sufragio femenino: más de 180 jurisdicciones en todo el planeta (frente a menos de 80 a mediados del siglo XX). Nadie puede dudar de que todavía queda muchísimo por hacer en este frente (sobre todo, en ciertas sociedades como las mayoritariamente musulmanas), pero los avances experimentados hasta la fecha son innegables.

  

Y décimo: la protección del menor. El trabajo infantil ha ido reduciéndose sostenidamente en todo el planeta: si, a comienzos de los 50, trabajaban alrededor del 30% de los niños entre 10 y 17 años, hoy ese porcentaje ha caído hasta el entorno del 10%. Gracias a la mayor prosperidad material y moral, los niños están abandonando el trabajo agrario o fabril para formarse intelectualmente e integrar la próxima generación de la economía del conocimiento. No sólo ellos, sino todos nosotros, saldremos muy beneficiados de este esperanzador cambio.

  

En definitiva, si, como buen propósito para 2018, desea dejar de martirizarse con la absoluta falacia de que el mundo va cada vez a peor, lea Progreso de John Norberg. El pesimismo iletrado es el caldo de cultivo natural del populismo de izquierdas y de derechas: y ese populismo es el que, a modo de profecía autocumplida, acaso podría terminar condenándonos a que el mundo vaya a peor. En su ausencia, existen muchos motivos para celebrar que vivimos en el mejor momento de la historia.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.