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10.316 días fuera de la cárcel socialista

El Muro de Berlín fue levantado por la socialista República Democrática Alemana entre el 13 de agosto de 1961 y el 9 de noviembre de 1989: 10.316 días —o, lo que es lo mismo, 28 años, dos meses y 27 días— dividiendo a familias, amigos, compañeros de trabajo y conciudadanos dentro de la capital alemana. Este pasado lunes, 5 de febrero de 2018, se cumplieron 10.316 días desde que tan vergonzoso muro fue derrocado: o dicho de otro modo, los berlineses ya llevan más tiempo reunificados de lo que se mantuvieron separados por el socialismo.

La fecha constituye una excelente ocasión no sólo para celebrar la restauración de tan básicas libertades de los berlineses, sino también para denunciar nuevamente la monstruosidad que, por necesidad, terminan constituyendo todos los regímenes socialistas. A la postre, el socialismo prometió edificar el paraíso en la Tierra pero sólo terminó creando un infierno político, social y económico del que la mayoría de la población deseaba escapar desesperadamente. Por eso, a los regímenes socialistas no le ha quedado históricamente otro remedio que establecer durísimos controles fronterizos y construir mortíferas barreras interiores no para evitar que las hordas de trabajadores explotados por el capitalismo entraran en desbandada al Edén socialista, sino para obstaculizar que los proletarios escaparan a millares de ese Edén socialista con destino a esa maquinaria alineadora y explotadora que supuestamente es el capitalismo.

La República Democrática Alemana no fue una excepción a esta regla, pese a tratarse en origen de una de las sociedades más ricas del planeta. Entre 1949 y 1961, 3,8 millones de personas abandonaron Alemania del Este para instalarse en Alemania del Oeste: cerca del 20% de su población. Para que cojamos cierta perspectiva sobre esta calamidad migratoria, recordemos que el número de refugiados que han escapado de Siria como consecuencia de su devastadora guerra ha sido de 5,5 millones sobre una población original de 22 millones, esto es, el 25% de sus habitantes. O dicho de otra forma: los efectos del establecimiento del socialismo sobre en una población fueron análogos a los de una guerra civil (y es que la dictadura socialista del proletario no es otra cosa que una guerra y persecución permanente de una parte de la sociedad sobre la otra).

Tan intensísima migración desde Alemania del Este a Alemania del Oeste empujó a la nomenclatura socialista a imponer, ya desde mediados de los 50, estrictos controles en la frontera interior: allí, en el lado oriental, se fueron instalando progresivamente alambradas y barreras de metal, además de una zona de acceso restringido a cinco kilómetros de la frontera repleta de minas antipersonas y de zanjas antivehículos para obstaculizar cualquier intentona de escape.

Sin embargo, controlada la frontera que separaba las dos Alemanias, quedaba por solventar el problema específico de Berlín: una ciudad sometida a dos jurisdicciones distintas y donde eliminar la libre circulación de personas resultaba no sólo más complicado desde un punto de vista técnico, sino también mucho más desgarrador desde un punto de vista humano y comunitario. Al socialismo real, empero, poco le importó semejante sufrimiento: frenar la sangría de exiliados, que ilustraba inopinablemente el fracaso del régimen, constituía un objetivo prioritario aun a costa de fracturar Berlín a través de la construcción de un muro.

Así, en 1961, se completó la elevación de tan antinatural barrera y, como consecuencia, el número de emigrantes se redujo drásticamente: si entre 1949 y 1961, 3,8 millones de personas pasaron del socialismo dictatorial al capitalismo democrático, entre 1961 y 1988 sólo lo hicieron 600.000 (la mitad de los cuales eran jubilados a los que Alemania del Este permitió salir por no ser útiles como mano de obra socialista).

En la actualidad, tal pesadilla ha desaparecido de la extinta Alemania del Este en general y, más en particular, de Berlín Oriental. Sin embargo, en otras partes del planeta, el socialismo real todavía continúa devastando sociedades enteras que, al igual que sucedió hasta hace 10.316 días con la República Democrática Alemana, están desesperadas por escapar de la cárcel roja y que, justamente debido a ello, son retenidas por sus respectivos regímenes autocráticos mediante barreras naturales (el Estrecho de Florida en Cuba) o artificiales (la “zona desmilitarizada” que fortifica a Corea del Norte).

El socialismo no sólo es pobreza: es pobreza carcelaria. Por eso necesita construir muros a su alrededor: no para evitar que los extranjeros entren buscando prosperidad, sino para frenar que los locales huyan de la miseria que inexorablemente genera.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.