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En Uber tampoco existe brecha salarial

La brecha salarial por razón de “género” —es decir, que hombres y mujeres cobren diferentes salarios por realizar un trabajo de igual calidad y cantidad— es una de las quejas más recurrentes entre la parte más fanatizada y antiliberal del feminismo moderno. Como ya tuvimos ocasión de exponer con cierto detalle, es verdad que la remuneración promedio de hombres y mujeres es distinta, pero tal diferencia se debe a que, también en términos promedios, hombres y mujeres realizan trabajos también distintos: aproximadamente un tercio de la brecha se debe al mayor número de horas asalariadas trabajadas por los hombres, otro tercio a las divergencias sectoriales y de categoría profesional, y el último tercio a la incidencia que tiene la maternidad en la carrera profesional de la mayoría de mujeres.

En otras palabras, no es que, en promedio, hombres y mujeres no cobren distinto: es que esas diferencias son perfectamente explicables por los tres factores anteriores y no suponen ninguna discriminación deliberada hacia el sexo femenino (aquellos hombres que trabajen menos horas semanales, lo hagan en sectores económicos peor pagados y se hagan predominantemente del cuidado de sus hijos, también percibirán un menor salario que el promedio de hombres). Los empresarios no pagan menos a las mujeres por el hecho de ser mujeres: en términos medios, les pagan menos porque, también en términos medios, su trabajo es distinto.

Tomemos como ejemplo ilustrativo el caso de Uber: si nos basamos exclusivamente en la información que proporcionan las estadísticas de la compañía, deberíamos concluir necesariamente que existe una brecha del 7% en los salarios por hora que reciben sus conductores y conductoras. Sin embargo, no tiene ningún sentido que semejante brecha exista: Uber paga exactamente la misma tarifa a todos los conductores, sean éstos hombres o mujeres. La tarifa, además, es pública y transparente: los conductores —con independencia de su sexo— reciben aproximadamente el 75% del importe que abona el pasajero (el cual depende objetivamente del tiempo y de la distancia recorrida). Siendo las condiciones de los conductores idénticas para todos ellos, ¿cómo es posible que los hombres sigan cobrando un 7% más por hora que las mujeres?

La respuesta nos la han proporcionado recientemente cinco economistas estadounidenses en un paper titulado El gap salarial de género en la economía gig, para el cual han analizado una base de datos compuesta por dos millones de conductores de Uber. La conclusión fundamental es que la brecha salarial en Uber se debe a las divergentes preferencias promedias de hombres y mujeres: divergentes preferencias en cuanto al estilo de conducción y en cuanto al tiempo dedicado a la conducción.

Primero, el 50% de la brecha salarial se explica por el hecho de que los hombres tienden a conducir a una mayor velocidad que las mujeres: dado que circulan más rápido, son capaces de efectuar un mayor número de viajes por hora. ¿Por qué los hombres conducen a mayor velocidad que las mujeres? No lo sabemos, pero ciertamente no tiene nada que ver con un trato discriminatorio por parte de Uber. Los propios autores del estudio lanzan la hipótesis —aparentemente respaldada por la evidencia— de que los hombres tienden a ser menos adversos al riesgo y, en consecuencia, se envalentonan a conducir más rápido que unas mujeres caracterizadas, en términos medios, por una mayor prudencia al volante.

Segundo, las mujeres tienden a conducir muchas menos horas que los hombres (el conductor promedio de Uber conduce 17,98 horas semanales frente a las 12,82 horas de la conductora promedio): el motivo probablemente esté relacionado con que la mujer sigue ocupándose mayoritariamente de las tareas del hogar y, en consecuencia, no pueda dedicar tanto tiempo a prestar servicios de transporte a través de Uber. En principio, el número de horas debería ser un dato poco relevante para explicar una brecha salarial que ya está expresada en términos de ingresos por hora. Sin embargo, el dato sí tiene repercusiones sobre otras dos variables que son harto importantes en esta materia: la experiencia y la flexibilidad.

Por un lado, el número de horas al volante influye determinantemente sobre la experiencia que va adquiriendo el conductor y, por tanto, sobre la calidad del servicio que presta al usuario: los autores del paper estiman que un conductor —hombre o mujer— sigue obteniendo experiencia valiosa hasta haber realizado alrededor de 2.500 viajes y, a su vez, que los conductores con más experiencia tienden a ganar hasta un 14% más por hora que los conductores con menos experiencia. En la medida en que los hombres, como media, conducen más horas que las mujeres, también tienden a acumular más experiencia que las mujeres y, merced a este factor, a lograr mayores ingresos: este factor explica alrededor de un 30% de la brecha salarial.

Por otro, la mayor flexibilidad para trabajar durante un mayor número de horas también permite que los hombres, en términos promedios, circulen durante más tiempo por aquellas zonas de las ciudades que son más relativamente más rentables (más clientela durante ciertas horas del día, picos de demanda y, por tanto, propensión a que la tarifa de Uber incorpore un recargo, etc.). Estar permanentemente en la carretera facilita que los hombres cacen el mayor porcentaje de mejores oportunidades de negocio: este factor explica alrededor de un 20% de la brecha salarial.

En definitiva, Uber constituye un magnífico ejemplo de por qué puede existir estadísticamente una brecha de ingresos entre hombres y mujeres sin que ésta se deba, en absoluto, a una discriminación empresarial sistemática hacia la mujer. Todos los conductores de Uber están sujetos al mismo esquema de remuneración y, en consecuencia, cualquier disparidad en sus ingresos se debe a diferencias en la cantidad y en la calidad del trabajo que desempeñan. Sobre el papel, empero, sí persistirá una brecha salarial que la demagogia marxifeminista podrá instrumentar para acusar a la compañía estadounidense —al heteropatriarcado turboliberal, en general— de privilegiar a los conductores frente a las conductoras. No, si existe algún tipo de discriminación social hacia la mujer, desde luego no se da dentro del sistema empresarial.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.