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Aranceles contra China: un tiro en el pie

Trump siempre se ha caracterizado por una retórica fuertemente proteccionista. Buena parte de su campaña electoral la basó en cargar contra un libre comercio que, a su juicio, había desindustrializado a EEUU en beneficio de países como México o China; y, a su vez, desde su mismísimo discurso de investidura ya dejó bien clara su visión de que “la protección nos llevará a la prosperidad y a la fuerza”.

Ahora, y en absoluta coherencia con estas declaraciones previas, el presidente republicano acaba de amenazar a los exportadores chinos con unos aranceles de hasta 60.000 millones de dólares anuales sobre los 500.000 millones de dólares en mercancías que cada ejercicio venden a los ciudadanos estadounidenses. El objetivo declarado de tales medidas es doble: por un lado, traer de vuelta los empleos manufactureros que se han deslocalizado desde EEUU a China durante los últimos años; por otro, castigar a las empresas chinas por su usurpación de ‘propiedad intelectual’ estadounidense. Pero no logrará ninguno de ambos propósitos.

Primero, la desindustrialización de EEUU —y en general de Occidente— durante las últimas décadas no se ha debido esencialmente a que China se haya convertido en la gran fábrica de todo el planeta. Las estimaciones más pesimistas sobre la influencia del gigante asiático en la destrucción de empleo manufacturero estadounidense la cifran en un millón de puestos de trabajo directa o indirectamente perdidos desde su entrada en la Organización Mundial del Comercio: o dicho de otro modo, si China no hubiese aumentado sus exportaciones a EEUU desde principios de este siglo, el empleo manufacturero pasaría de representar el actual 8,5% del empleo total a suponer el 9,2%. Teniendo en cuenta que a mediados del siglo XX representaba más del 30%, es evidente que el papel desempeñado por China ha sido más bien modesto. La razón por la que EEUU se ha desindustrializado en los últimos 50 años es que la productividad del sector manufacturero se ha disparado mucho más rápidamente de lo que lo ha hecho la demanda de manufacturas, de modo que —simple y llanamente— hace falta menos gente ocupada en la industria. Cargando contra China, Trump no conseguirá recuperar el grueso de un empleo que no se ha perdido a causa de China.

Segundo, los mayores perjudicados por los nuevos aranceles de Trump contra las importaciones chinas no serán las compañías chinas, sino la economía estadounidense. A la postre, EEUU no importa únicamente bienes de consumo desde China, sino sobre todo bienes intermedios y de capital: de los 506.000 millones en importaciones chinas, 147.000 millones se corresponden con equipo electrónico y 110.000 millones con maquinaria y aparatos mecánicos. La adquisición de muchos de estos bienes a precios reducidos es lo que permite que aquellas empresas estadounidenses que los incorporan a su proceso de producción puedan incrementar continuadamente su productividad y volverse competitivas en el ámbito internacional. Por ejemplo, la Information Technology and Innovation Foundation ha estimado que un arancel del 10% sobre la electrónica china arrojaría pérdidas de 163.000 millones de dólares durante la próxima década, y si el arancel ascendiera al 25%, entonces las pérdidas totalizarían 332.000 millones de dólares. A su vez, el Peterson Institute ya calculó hace meses que un escenario de guerra comercial total contra China y México (aranceles del 45% contra China y del 35% contra México que fueran reproducidos por China y México contra EEUU) acarrearía la pérdida de casi cinco millones de empleos en suelo estadounidense.

En definitiva, iniciando una guerra comercial contra China, Trump no logrará ni reindustrializar EEUU ni infligir serios daños a China: el empleo manufacturero ha desaparecido para no regresar y el mayor daño del proteccionismo estadounidense se concentrará en los propios ciudadanos y empresarios estadounidenses. La brillante política comercial de Trump consiste en pegarse un tiro en el pie, con el más que evidente riesgo de que ese tiro rebote y nos termine dañando a todos los demás en forma de una guerra comercial a gran escala. Lo ha resumido perfectamente la embajada china en EEUU: “Las acciones emprendidas por los EEUU son contraproducentes. Dañarán directamente los intereses de los consumidores, de las empresas y de los mercados financieros estadounidenses. Además, ponen en riesgo el comercio internacional y la estabilidad económica mundial”. Ya es triste que en esto la “comunista” China deba darle lecciones al “libertario” EEUU.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.