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La rebaja del IVA cultural no ha sido para el pueblo

Desde que en 2012 el Gobierno de Rajoy decidiera subir el IVA de algunas actividades culturales, como los espectáculos en vivo (teatro, conciertos o danza) o el cine, el sector se movilizó mediáticamente para convencer a la ciudadanía de que semejante incremento tributario sería repercutido a los usuarios y, en consecuencia, muchos de ellos verían restringido su acceso a tales bienes culturales. A la postre, todo el mundo sabe que el IVA es un impuesto que pagan los consumidores, de modo que un mayor IVA sobre el teatro o las salas de cine se traduciría en una mayor carga sobre quienes los demandaran.

Sin embargo, semejante exposición tenía un evidente punto débil: una cosa es quién está formalmente obligado a pagar el impuesto (es decir, quién es el sujeto pasivo del tributo) y otra quién paga realmente el impuesto (es decir, quién es el contribuyente efectivo del mismo). Gran parte de los errores que se cometen en torno a la política fiscal consisten en no entender esta distinción básica: y es que si aquel formalmente obligado a pagar el impuesto cuenta con un elevado poder de negociación frente a otras personas, podrán terminar siendo esas otras personas quienes terminen soportando la subida impositiva.

En el caso del (mal llamado) ‘IVA cultural’, ¿cómo estaban tan seguros los dueños de las salas de cine o de conciertos, así como los profesionales con obras allí representadas, que no serían ellos quienes tendrían que comerse la subida del ‘IVA cultural’? Es decir, ¿por qué debíamos asumir que los consumidores no lograrían que esa subida del IVA fuera soportada esencialmente por la cuenta de resultados de la industria cultural? No había argumentos a priori para sostenerlo. De hecho, el último informe de recaudación de la Agencia Tributaria constata que la reducción del IVA a los espectáculos en vivo aprobada por el Gobierno para 2017 no se ha traducido, hasta el momento, en unos menores precios para los usuarios:

En el IVA también se produjo una pequeña pérdida de ingresos (21 millones) por la rebaja de tipos en diversas actividades, de las cuales la más importante es la de los espectáculos en vivo (…) Con la información disponible no existe evidencia de que esta rebaja de tipos de IVA se haya trasladado a los precios finales.

Es decir, de la rebaja del IVA no se han beneficiado los consumidores, sino los productores: y ha sucedido de este modo porque también fueron ellos quienes originalmente soportaron la subida. No es algo especialmente sorprendente, pues un elemental conocimiento de la ciencia económica ya permitía pronosticar lo que iba q suceder.

A la postre, cuando aumentan los impuestos sobre el consumo, ¿quién carga con ellos? ¿Los consumidores o los productores? Pues depende de la elasticidad de la demanda (cuánto tienden a reducir los consumidores sus compras de un bien ante las subidas de su precio) y de la elasticidad de la oferta (cuándo tienden los productores a reducir su oferta de un bien ante bajadas de su precio). Si la demanda de los consumidores es muy elástica, tenderán a disminuir mucho su demanda ante pequeñas subidas de precios, lo que presionará a los productores a que no los incrementen; en cambio, si la demanda de los consumidores es muy poco elástica (muy inelástica), tenderán a aceptar casi cualquier subida de precios sin dejar de consumir un producto, lo que facilitará que los productores les carguen el muerte de la subida impositiva. A su vez, si la oferta de los productores es muy elástica, tenderán a reducir mucho la oferta ante pequeñas reducciones de los precios, lo que presionará a los consumidores a que sean ellos quienes carguen con la subida impositiva; en cambio, si su oferta es muy poco elástica, aceptarán casi cualquier recorte en sus precios sin contraer la oferta, lo que facilitará que sean ellos quienes soporten la subida del IVA.

Teniendo en cuenta que la elasticidad de la demanda de un producto depende de cuán importantes sean las necesidades que satisfaga así como de la existencia de sustitutos cercanos, todo apunta a que la demanda de espectáculos en vivo (o de cine) de los españoles es altamente elástica: salvo algún pequeño grupo de consumidores, la mayoría de ciudadanos no consideran una necesidad vital el acceso a tales bienes y, sobre todo, existen muchas formas más baratas (y de casi igual calidad) para disfrutar de ellos (televisión, plataformas de streaming, piratería, etc.). A su vez, teniendo en cuenta que la elasticidad de la oferta de un bien depende, entre otros factores, de la movilidad de sus factores productivos, todo apunta a que la elasticidad de la oferta de los espectáculos en vivo (o del cine) es bastante baja, pues las salas de espectáculos no tienen a corto plazo muchos otros usos alternativos.

Así, la conjunción de una alta elasticidad de la demanda y una baja elasticidad de la oferta se tradujo en que la subida del IVA perjudicó esencialmente a los oferentes de los espectáculos en vivo (y del cine). Y, por eso, la reversión de esa subida pretérita también ha concentrado en ellos las ganancias. Pero, siendo así, ¿a qué venía reclamar insistentemente que redujeran el IVA para volver la cultura más accesible a sus ciudadanos? No, nos engañemos: la bajada del ‘IVA cultural’ tenía el muy claro propósito de cebar las cuentas de resultados de la industria cultural. A casi todos los efectos, ha sido equivalente a una reducción del Impuesto sobre Sociedades para estas compañías. Todo lo cual no tiene, desde luego, nada de ilegítimo o criticable, pero acaso no habría seducido demasiado a todos aquellos votantes contrarios al mercado y partidarios de una fiscalidad más agresiva sobre las empresas: es a esa parte del electorado a la que el lobby cultural ha tratado de engañar vendiéndoles que la rebaja del IVA era para “el pueblo”. Pero no: era para el gremio de la industria cultural.

 

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.