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Los diez errores básicos de la teoría económica de Marx

El pasado 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de uno de los filósofos-economistas más influyentes de la historia: Karl Marx. Para muchos, constituye un referente insoslayable para entender el funcionamiento del sistema capitalista; para otros, un intelectual que en su momento ya construyó un modelo equivocado de raíz y que en la actualidad, con todos los avances logrados en la ciencia económica desde entonces, ha quedado absolutamente obsoleto.

Dada la legión de seguidores que continúa teniendo el marxismo desde un punto de vista económico, permítanme exponer lo más sintéticamente posible los diez principales errores de esta doctrina.

Empezaré analizando (errores 1 a 5) un mundo alternativo donde no existe otro factor productivo que el trabajo (y la naturaleza): es decir, un mundo donde los trabajadores, individual o cooperativamente, producen mercancías para intercambiarlas por las mercancías que producen, individual o cooperativamente, otros trabajadores. Un mundo donde el circuito de intercambio sigue la dinámica M-D-M (mercancía-dinero-mercancía) y donde, por tanto, no debería haber generación de plusvalía: sin embargo, como comprobaremos, sí la habrá. Posteriormente, aplicaré esos mismos razonamientos (errores 6 a 10) en un mundo multifactorial, esto es, un mundo donde el único factor no es el trabajo (auxiliado por la naturaleza) sino también los bienes de capital. De este modo, comprobaremos que la plusvalía del capitalista emerge del mismo lugar que la plusvalía que podrían lograr algunos trabajadores en un mundo monofactorial: es decir, habrá plusvalía en el circuito productivo D-M-D’ por las mismas razones que la habría en el circuito productivo M-D-M (en realidad, M-D-M’).

Error 1: Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo, si el coste marginal de producción de una mercancía no es constante, será la extensión de la demanda (y por tanto, el valor marginal de uso) lo que determinará su valor de cambio.

La teoría del valor trabajo de Marx sostiene que los valores de cambio (los precios) de las mercancías están determinados por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas (por su Valor). De ahí que las mercancías se intercambien por equivalencias de Valor: dos mercancías que tarden en ser producidas el mismo tiempo de trabajo (socialmente necesario) tendrán (en equilibrio) el mismo precio. Es ahí donde encaja el concepto de explotación: si yo puedo comprar una mercancía a un precio inferior a su Valor (si pago por ella menos que las horas de trabajo socialmente necesario que ha incorporado), estaré apropiándome de horas de trabajo ajenas gratis (plusvalía). Estaré explotando, pues, al trabajador que la produjo.

Dentro de este marco conceptual, el valor de uso (la utilidad marginal) no desempeñaría ningún rol esencial a la hora de determinar los precios. El precio de equilibrio no dependería en absoluto de la utilidad marginal de las mercancías. Pero se trata de un error: salvo que el coste marginal de producción de una mercancía sea constante con independencia de la escala productiva, en última instancia será su utilidad marginal la que determine su precio (y aun con coste marginal constante, sería la utilidad marginal del ocio la que lo marcaría).

Imaginemos una función de costes muy simple. C=3Q2, a saber, los costes totales de producción son una función cuadrática del nivel de producción (poniendo de manifiesto que cada vez resulta más costoso laboralmente producir una unidad adicional de esa mercancía). En tal caso, el coste marginal de producción sería de 6Q. ¿Cuál sería el precio de equilibrio de esta mercancía? Pues depende: si el nivel de producción es 10, el coste marginal (y el precio) será de 60; si el nivel de producción es 100, el coste marginal (y el precio) será de 600. ¿Y cuál será el volumen de producción deseado que determinará el coste marginal y, por tanto, el precio? Aquel que marque la extensión de la demanda: si los consumidores no están dispuestos a pagar más de 60 por la mercancía (porque el valor de uso de las mercancías alternativas que pueden comprar con esas 60 unidades monetarias superan el valor de uso de esa mercancía), entonces no se producirán más de 10 unidades; si estuvieran dispuestos a pagar hasta 600, se producirán hasta 100. La demanda manda o, al menos, manda tanto como las condiciones de producción (las famosas tijeras marshallianas).

Error 2: Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo y el coste marginal fuera constante, no se intercambiarán en plano de igualdad 100 horas de trabajo arriesgado que 100 horas de trabajo no arriesgado. Las primeras horas de trabajo lograrán sistemáticamente un mayor valor de cambio que las segundas (plusvalía).

Marx partía de la base de que todas las horas de trabajo son reducibles a trabajo abstracto una vez tenidas en cuenta sus heterogéneas complejidades en términos de habilidades. Pero eso no es cierto: no todas las horas de trabajo de igual complejidad son perfectamente sustituibles entre sí. Por ejemplo, si la mercancía A tarda en producirse 100 horas de trabajo que implican un altísimo riesgo, mientras que la mercancía B toma en producirse 100 horas de trabajo que implican un bajísimo riesgo, resulta inverosímil que, como pronosticaba Marx, las mercancías A y B se intercambien en pie de igualdad (1 unidad de A = 1 unidad de B). Las horas de trabajo arriesgadas dirigidas a producir mercancías se intercambiarán estructuralmente por más horas de trabajo de las menos arriesgadas: y a esa apropiación desigualitaria de horas de trabajo (a las horas de trabajo no remuneradas) lo llamamos plusvalía.

Fijémonos, pues, en que la figura del capitalista no resulta necesaria para que exista plusvalía: los trabajadores que estuvieran dispuestos a asumir más riesgos podrían comprar un mayor número de hora de aquellos trabajadores que asumieran menos riesgos (1 hora de trabajo arriesgada > 1 hora de trabajo no arriesgada). Por supuesto, los marxistas podrían tratar de encajar el concepto de riesgo dentro de su teoría del valor trabajo incluyéndolo en uno de los determinantes de los diferenciales de complejidad del trabajo: pero tengamos presente que, primero, eso es algo que Marx no hizo (se equivocó) y, segundo, que al hacerlo se abre la puerta a explicar la plusvalía capitalista por medios alternativos a la explotación.

Error 3: Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo y el coste marginal fuera constante, no se intercambiará en plano de igualdad las horas de trabajo presentes por las horas de trabajo futuras. Las primeras normalmente se venderán con un mayor valor de cambio frente a las segundas (plusvalía).

Al igual que 100 horas de trabajo arriesgadas no se intercambiarán por 100 horas de trabajo no arriesgadas, tampoco hay necesidad de 100 horas de trabajo presentes se intercambien por 100 horas de trabajo futuras.

Imaginemos un trabajador que produce una mercancía dedicándole 100 horas y que luego, otro trabajador, le propone comprársela a cambio de entregarle, dentro de 50 años, una mercancía que le costará producir otras 100 horas de trabajo. Ciertamente, nadie —o casi nadie— aceptará un intercambio en semejantes condiciones (mucho menos, cuanto más retrasemos la entrega futura de las mercancías). ¿Por qué? Porque el valor de cambio de 100 horas de trabajo hoy no es el mismo que el de 100 horas de trabajo mañana: normalmente, 100 horas de trabajo hoy valen más que 100 horas de trabajo mañana y, por eso, quienes quieran comprar mercancías hoy y (re)producirlas mañana tendrán que pagar un sobreprecio a aquellos trabajadores que se dediquen a producir y vender hoy sin comprar hoy: ese sobreprecio será la plusvalía (que, de nuevo, no necesitará de la presencia del capitalista).

Error 4: Aunque el factor trabajo fuera el único factor productivo y el coste marginal fuera constante, dedicar 100 horas a producir mercancías sin valores de uso (o con pobres valores de uso) sería desperdiciar 100 horas. Las horas de trabajo bien informadas se venderán sistemáticamente a un mayor valor de cambio que las horas de trabajo malinformadas.

Marx era bien consciente de que el tiempo de trabajo (socialmente necesario) sólo determina el valor de cambio de las mercancías… si estas mercancías son útiles para los potenciales compradores. Un objeto inútil carecerá de valor de cambio, por mucho que cueste muchas horas de trabajo producirlo (este es el punto que muchos críticos de la teoría del valor trabajo de Marx no entienden adecuadamente). Ahora bien, y esta es la metedura de pata de Marx, la utilidad no es algo que o bien se posea plenamente (100%) o bien en ninguna medida (0%): la utilidad es una cualidad de las mercancías que puede graduarse (nada útil, muy poco útil, poco útil, moderadamente útil, bastante útil, muy útil, extremadamente útil, imprescindible). Si las horas de trabajo incorporadas en mercancías inútiles computan al 0% y las horas de trabajo incorporadas en mercancías imprescindibles computan al 100%, ¿por qué no decir que las horas de trabajo incorporadas en mercancías poco útiles computan al 10%, 20% o 30%? O expresado de otro modo, ¿por qué negarse a reconocer que no tienen el mismo valor de cambio las horas de trabajo dedicadas a producir mercancías utilísimas que las horas de trabajo dedicadas a producir mercancías moderadamente útiles?

Como es obvio, en un mundo de información perfecta y completa, todos nos dedicaríamos a producir las mercancías más útiles posibles. Pero en un mundo con información parcial e imperfecta, no sabemos cuáles son esas mercancías. Por consiguiente, las horas de trabajo que destinemos a producir mercancías no demasiado útiles se intercambiarán por un menor valor de cambio que las destinadas a producir mercancías muy útiles: esto es, los trabajadores mejor informados podrán intercambiar sus horas (informadas) de trabajo por una mayor cantidad de horas de trabajo (menos informadas) de otros trabajadores. He ahí, de nuevo, la plusvalía que puede generarse sin necesidad alguna de que haya un capitalista.

Error 5: En suma, ni siquiera en un mundo monofactorial y con costes marginales constantes, las horas de trabajo socialmente necesarias para producir una mercancía (sus Valores) determinarán sus valores de cambio. Valor no se cambia por Valor. Habrá horas de trabajo (homogéneas en complejidad) que se venderán sistemáticamente más caras que otras. No hace falta que haya capitalistas para que haya plusvalías. 

En definitiva, en un mundo donde el único factor productivo fuera el trabajo, los valores de cambio no serían determinados por las horas de trabajo abstracto incorporadas en cada mercancía. Y es que las horas de trabajo arriesgado, presente e informado cotizarían a unos valores de cambio superiores que los de las horas de trabajo no arriesgado, futuro y desinformado: por tanto, y en apariencia, los primeros estarán apropiándose del trabajo de los segundos sin remunerárselo plenamente. Pero eso es sólo la apariencia: los segundos pagarían gustosamente a los primeros por disfrutar de los frutos de su mayor riesgo, espera e información y lo harían entregándoles un mayor número de sus horas no arriesgadas, futuras y desinformadas (si no lo hicieran… ¡asumirían ellos mismos esos riesgos, esas esperas y esos costes de búsqueda de información!). Ni siquiera en un mundo monofactorial, pues, una hora de trabajo se intercambiaría exactamente por otra hora de trabajo. Y no se intercambiarían en plano de igualdad porque no todas ellas serían igual de valiosas. Al final, el valor —la utilidad marginal— manda sobre el tiempo de trabajo.

Error 6: El factor trabajo no es el único factor productivo capaz de generar nuevo Valor

Para Marx, solo el trabajo y la naturaleza son factores productivos originarios, esto es, son los únicos capaces de generar nuevo Valor. Los medios de producción (materias primas procesadas y herramientas, esto es, los “capitales constantes”) son sólo trabajo cristalizado y, en consecuencia, no generan nuevo Valor: cuando son usados dentro del proceso productivo se limitan a transmitir el Valor que previamente —cuando fueron fabricados— les fue transmitido esencialmente por el trabajo.

Sin embargo, esto sólo sería así en caso de que cualquier bien de capital pudiera ser producido meramente replicando el tiempo de trabajo que se empleó en fabricarlo originariamente. Si la generalidad de trabajadores fuera capaz de fabricar cualquier medio de producción únicamente mezclando su trabajo con la naturaleza, entonces, en efecto, un bien de capital no sería más que trabajo cristalizado: a saber, cada bien de capital sería perfectamente sustituible por una determinada cantidad de horas de trabajo abstracto. En consecuencia, un bien de capital no podría producir nada que, alternativamente, no pudiera producir ese mismo número de horas de trabajo: y, por consiguiente, todos los ingresos que derivaran de las mercancías creadas por cualquier bien de capital irían a parar a aquellos trabajadores que “cristalizaron” en ellos su tiempo de trabajo.

Si, en cambio, muy pocos trabajadores pueden producir determinados bienes de capital —por ejemplo, porque su fabricación implica unos niveles de riesgo, de espera o de perspicacia que no desean o que no son capaces de asumir—, entonces los bienes de capital no resultarán perfectamente sustituibles por horas de trabajo abstracto y, a todos los efectos, devendrán un nuevo factor productivo independiente del trabajo y con capacidad para producir mercancías (y obtener ingresos) de un modo alternativo (aunque complementario) al trabajo: Marshall solía decir, no sin cierta razón, que los bienes de capital cosechaban cuasi-rentas: rentas —en sentido ricardiano— que se obtienen por la elevada inelasticidad de la oferta de bienes de capital en el corto plazo.

Pues bien, dado que no todas las horas de trabajo de igual complejidad eran idénticas y, por tanto, algunas de ellas serán capaces de crear medios de producción altamente específicos y de enorme calidad, esos medios de producción serán mucho más que trabajo abstracto cristalizado porque, en esencia, su oferta no podrá incrementarse ilimitadamente por el mero uso de nuevo tiempo de trabajo.

Error 7: En un mundo multifactorial, los otros factores productivos complementarios serán remunerados por su aportación relativa al proceso productivo (por sus productividades marginales).

Si a efectos prácticos no es sólo el factor trabajo el que contribuye a producir mercancías —sino que el factor trabajo se complementa con otros factores que son más que trabajo abstracto cristalizado—, entonces nos encontramos ante un mundo multifactorial, esto es, un mundo donde los factores productivos se complementan para fabricar mercancías. En tal escenario, existe una cierta indeterminación: si el factor X y el factor Y contribuyen a fabricar 100 unidades de la mercancía Z, ¿cómo se reparten esas 100 unidades entre ambos? Si la Teoría del Valor Trabajo fuera cierta, podríamos aplicar una sencilla regla de distribución: las 100 unidades de Z deben repartirse en función de las horas de trabajo que X e Y han incorporado en su producción.

Pero como el trabajo no es el único factor de producción —y como, además, no todas las horas de trabajo abstracto resultan igual de aptas para generar valores de uso— esa regla no sirve. ¿Qué regla podemos emplear? Pues su reparto de acuerdo con la contribución relativa de X e Y a producir Z: a saber, por su productividad marginal. En un mercado abierto, tal productividad marginal se descubre en función de las pujas competitivas por cada factor productivo: si, por ejemplo, el factor Y le reclama al factor X quedarse con 90 unidades de Z, el factor X rechazará producir conjuntamente con él si considera que contribuye a producir menos de 90 unidades (verbigracia, porque el factor W le reclama sólo 30 unidades de Z para cooperar con él y entre los dos son capaces de fabricar 70).

En suma, trabajadores (como propietarios de la fuerza de trabajo) y capitalistas (como propietarios de los bienes de capital) cooperan para producir mercancías y se reparten los frutos de esa producción de acuerdo con sus contribuciones relativas dentro del proceso de producción.

Error 8: No toda mejora de productividad es atribuible al factor trabajo, dado que el tiempo de trabajo socialmente necesario para fabricar una mercancía depende del contexto institucional y económico en el que se halle el trabajador… y parte de ese contexto depende de las decisiones de inversión que adopta el capitalista.

Para Marx, el Valor de una mercancía depende del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla, esto es, del número de horas que se requieren “para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción y con el grado medio de destreza e intensidad de trabajo imperantes en la sociedad”. Desde esta perspectiva, si se acumulan más bienes de capital o si mejora la tecnología, el tiempo de trabajo socialmente necesario se reduce, esto es, los trabajadores son capaces de fabricar, en término medios, las mismas mercancías en menor tiempo (y, en consecuencia, se incrementa el número de mercancías que son capaces de fabricar en una jornada laboral de igual duración).

Pero fijémonos en que todo ello equivale a atribuirle la totalidad de las ganancias de productividad al factor trabajo, lo cual es equivocado: si los capitalistas incrementan la cantidad y calidad de los bienes de capital, entonces el tiempo de trabajo socialmente necesario se reducirá pero por razones atribuibles al comportamiento económico de los capitalistas, no de los trabajadores. De ahí que no quepa calificar de explotación el no remunerar a los trabajadores por todo el Valor que se genera a lo largo de una jornada laboral: puesto que no todo ese Valor ha sido generado a través del factor trabajo.

 

Error 9: El capitalista no explota al trabajador, sino que únicamente actúa como un agente especializado en tres campos: a) dirigir la fuerza de trabajo hacia la creación de valores de uso; b) ahorrar parte de sus ingresos para reinvertirlos en la creación de medios de producción complementarios al factor trabajo; c) centralizar en su patrimonio los riesgos de equivocarse en a) y b)

En definitiva, si el trabajo arriesgado, presente e informado compra más horas de trabajo no arriesgado, futuro y desinformado y si, justamente por ello, será posible crear bienes de capital que no resulten perfectamente sustituibles por horas de trabajo abstracto y que, en consecuencia, lograrán una (cuasi)renta según su aportación al proceso conjunto de producción, el rol desempeñado por el capitalista dentro del sistema económico cambia radicalmente con respecto al descrito por Marx.

Mientras que, para Marx, el capitalista es un agente capaz de no remunerar toda la jornada laboral del obrero por comprar su fuerza de trabajo como una mercancía más debido a su monopolización previa de los medios de producción, en el mundo real el capitalista actúa como un agente especializado en desempeñar tres tareas claves para elevar el Valor de las mercancías fabricadas complementariamente entre trabajo y capital. Primero, el capitalista es un agente especializado en orientar el factor trabajo hacia la creación de mercancías con el máximo valor de uso posible (esto es, el capitalista venderá información útil sobre cómo y qué producir); segundo, el capitalista será un agente especializado en abstenerse de consumir en el presente la totalidad de sus ingresos para así reinvertirlos en crear nuevos medios de producción complementarios al trabajo (esto es, el capitalista venderá tiempo en forma de inversión en medios de producción); y tercero, el capitalista será un agente especializado en centralizar en su patrimonio personal los errores derivados de no orientar adecuadamente al factor trabajo hacia la creación de valores de uso o de crear medios de producción inútiles para generar mercancías valiosas (esto es, el capitalista venderá protección frente a riesgos inherentes al proceso productivo).

Los ingresos que coseche el capitalista por su aportación —en forma de bienes de capital— al proceso productivo serán, en última instancia, ingresos por su superior información, su mayor frugalidad y su mayor asunción de riesgos. No se queda con ingresos que le corresponden al trabajador, dado que las horas de trabajo desinformadas, futuras y no arriesgadas no generan tanto Valor como las horas de trabajo informadas, presentes y arriesgadas: y esa información, tiempo y protección frente al riesgo lo proporciona el capitalista. Por ello se queda con una parte de los ingresos derivados del proceso de producción: con una plusvalía que no es trabajo no remunerado.

Error 10: Si el capitalista no actuara como agente especializado en esos tres campos, tales tareas tendría que desempeñarlas cada trabajador, soportando en sus carnes los consiguientes costes.

Si la dictadura del proletariado estatalizara la totalidad de los medios de producción, la clase obrera en su conjunto dejaría de pagarle una “plusvalía” a los capitalistas, pero a cambio de ello tendría que encargarse de suministrar esas valiosas funciones que hoy desempeñan los capitalistas y por las cuales cobran en forma de plusvalía. Es decir, el conjunto de la clase trabajadora se vería forzada a ahorrar más, a asumir más riesgos y a esforzarse más por captar toda la información necesaria para satisfacer del mejor modo posible las necesidades ajenas (o, alternativamente, subcontratar a alguien que desempeñe esa tarea y, por tanto, pagarle en función de sus resultados: plusvalía).

Es verdad que, en ocasiones, los capitalistas pueden reclamarles a los trabajadores un precio excesivo por estas tres funciones: es decir, podría suceder que los capitalistas exigieran cobrar por encima de su productividad marginal. Pero, en tal caso, los trabajadores cuentan con la opción, perfectamente válida, legítima y a veces funcional, de no asociarse con los capitalistas: por ejemplo, constituyendo cooperativas.

En una cooperativa, son los trabajadores quienes se informan, quienes ahorran y quienes asumen riesgos: y, a cambio de tan costosas tareas, se quedan con la totalidad del valor añadido generado dentro de la cooperativa. ¿Es el trabajo cooperativo una mejor opción al trabajo por cuenta ajena en una corporación? Pues dependerá no sólo de cada sector, sino también de cada trabajador: aquellos que no quieran, bajo ningún concepto, asumir los costes de informarse, ahorrar y arriesgarse, preferirán cooperar con un capitalista; quienes, en cambio, le concedan poca importancia al coste de informarse, ahorrar y arriesgarse, se asociarán cooperativamente al margen de los capitalistas.

Al final, pues, basta con que haya libre mercado y libre competencia. La plusvalía no es más que la remuneración del capitalista por las funciones valiosas que desempeña para el trabajador (al igual que el salario es la remuneración del trabajador por las funciones valiosas que desempeña para el capitalista): y cualquier trabajador que juzgue la plusvalía como un pago excesivo en relación con los servicios proporcionados puede buscar a otros capitalistas que exijan una menor plusvalía o, en última instancia, asociarse con otros trabajadores al margen de los capitalistas.

La utilidad marginal manda sobre el tiempo de trabajo: y, por eso, el capitalista cobra en función del valor de uso que contribuye a crear.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.