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PP, PSOE y Cs luchan por el poder, no por la corrupción

La democracia es un sistema de gobierno donde las preferencias electorales expresadas por el conjunto de los ciudadanos determinan la acción política. O eso es, al menos, lo que insistentemente se nos repite: el pueblo es soberano y los gobernantes son sus meros mandatarios (personas que reciben un encargo de los mandantes). Lo cierto, sin embargo, es que de la teoría a la práctica media un trecho insalvable: no sólo por la inexistencia de una regla que nos permita agregar de manera no arbitraria el conjunto de votos de los ciudadanos, sino también porque los actores políticos adquieren una dinámica autónoma después de los comicios que poco (o nada) tiene que ver con las preferencias de los electores.

Lo estamos contemplando con indisimulada claridad durante estos días a propósito de la moción de censura del PSOE contra el gobierno del PP a raíz de la sentencia de la Gürtel. Los tres principales actores políticos en este culebrón —Rajoy, Sánchez y Rivera—  están articulando una estrategia política que depende en exclusiva de su ambición por conquistar el poder y no de algo remotamente parecido a buscar una solución consensuada para regenerar y depurar de corrupción las instituciones españolas.

Empecemos por el PSOE de Pedro Sánchez, esto es, por el principal impulsor de la moción de censura contra Rajoy. ¿Cuál es el plan socialista para regenerar las instituciones políticas españolas? Investir a Sánchez como presidente del Gobierno —preferentemente con el apoyo de Ciudadanos y Podemos—, atornillarse en La Moncloa durante el máximo tiempo posible, aplicar durante ese período una intensa “agenda social” y, finalmente, concurrir a las próximas elecciones generales. Fijémonos en que este plan socialista de regeneración institucional coincide —oh casualidad— con la estrategia óptima del PSOE para maximizar su probabilidad de acceder y permanecer en el poder: echar a Rajoy sin el apoyo, socialmente estigmatizado, de los partidos nacionalistas; controlar durante varios trimestres el BOE para así repartir prebendas y favores hacia colectivos de futuros votantes; y concurrir a las elecciones con el marchamo de la presidencialidad.

Sigamos con el Ciudadanos de Albert Rivera, esto es, con el partido que encabeza la mayoría de sondeos de voto. ¿Cuál es su plan para regenerar las instituciones políticas españolas? Articular una moción de censura meramente instrumental para la convocatoria inmediata de nuevas elecciones generales. Pero, ¿por qué nuevas elecciones generales ahora? A la postre, hasta la sentencia de la Gürtel, el partido naranja parecía perfectamente dispuesto a mantener a Rajoy en el poder hasta agotar la legislatura; a su vez, hace apenas unos años, los de Rivera acordaron un programa de gobierno con el PSOE de Sánchez e incluso llegaron a votarlo como candidato a la presidencia del Gobierno. ¿A qué vienen entonces las urgencias para liquidar precipitadamente la legislatura? ¿Acaso el “corrupto PP” no podría ser reemplazado por el “inmaculado PSOE” (nótese la ironía) hasta 2020? Nuevamente, el plan ciudadano de regeneración institucional coincide —oh casualidad— con la estrategia óptima de Ciudadanos para maximizar su probabilidad de alcanzar el poder: levantar acta de defunción de Rajoy, convocar nuevas elecciones con un PP descabezado, capitalizar casi todo el voto de la derecha y una parte del de la izquierda, convertirse —como reflejan las encuestas— en el partido más votado y, desde ahí, acceder a La Moncloa.

Y terminemos con el PP de Mariano Rajoy, esto es, con el partido de Gobierno recién condenado como responsable civil a título lucrativo por el caso Gürtel. ¿Cuál es su plan para regenerar las instituciones políticas españolas? Rechazar de plano la moción de censura de Sánchez; defender la honradez de Rajoy; y, en última instancia, mantenerse en el Ejecutivo para, por un lado, aprobar nuevas medidas contra la corrupción y, por otro, garantizar la estabilidad socioeconómica de España que apuntale la recuperación. Huelga señalar que este plan no es otra cosa —oh causalidad— que la estrategia óptima del PP para tratar de conservar el poder o, al menos, para sobrevivir políticamente: ganar tiempo bunkerizado dentro de La Moncloa, mientras sus rivales políticos se matan entre sí, mientras la recuperación económica prosigue y mientras el tufo de su pútrida corrupción va abandonando las fosas nasales de los españoles. A este respecto, tal fue la desfachatez del líder de los populares que en su comparecencia del pasado viernes llegó a afirmar que la moción del PSOE contra el Gobierno del PP era una moción “contra España”: difícil resumir en menos palabras la torticera equiparación entre intereses personales, intereses partidistas e intereses nacionales.

En suma, PP, PSOE y Ciudadanos no se están preocupando, en absoluto, por cómo perseguir el —siempre tan ambiguo— “interés general de los españoles”. Sus actuales estrategias políticas son meras artimañas para conquistar el poder en su privativo interés, aun cuando todos ellos juren estar pensando en las necesidades objetivas del conjunto de la sociedad. Son actores políticos con vida independiente de las preferencias de los electores: éstos no son más que los convidados de piedra que, cada cuatro años, los colocan en la casilla de salida de su psicopático juego de tronos.

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Doctor en Economía, director del Instituto Juan de Mariana, profesor en el centro de estudios OMMA y en IE University.